Existe una gran preocupación en torno a la violencia en la sociedad actual. ¿Qué la provoca? ¿Por qué algunos niños pegan y muerden a los demás? ¿Cómo ha podido transformarse mi pequeño bebé en un niño pegón y refunfuñón?

Algunos estudios indican la existencia de dos condiciones básicas que promueven tendencias violentas en los seres humanos.

1. La persona ha sido herida. Un niño a quien se pega o amenaza tiene mayor probabilidad de convertirse en un ser violento. El abuso sexual y el abandono emocional son también daños que pueden motivar tendencias violentas. Las ansiedades, desilusiones y frustraciones durante la infancia pueden provocar que un niño muerda o pegue a los demás. Por otra parte, la acumulación de daños menores como el estrés también puede desembocar en este tipo de comportamiento.

2. No se ha permitido a la persona liberar las emociones resultantes de los daños sufridos. A veces, el niño alberga sentimientos no resueltos, inexpresados, sobre lo que ha experimentado. No siempre es fácil, ni siquiera para nosotros, los adultos, poner palabras a las cosas que sentimos. Cuando se dan situaciones de este tipo, es frecuente sentir violencia hacia uno mismo o hacia los demás. La violencia no es otra cosa que una expresión distorsionada de la rabia o el miedo de una persona en un entorno donde no es seguro mostrar o liberar sentimientos más fuertes.

A todo esto podemos añadir la apología que nuestra sociedad hace de la fuerza mal entendida: las guerras, la capacidad de autodefensa, la agresividad se confunden con la seguridad o firmeza en la personalidad.

También se espera que los niños sean fuertes y no lloren, que no sientan ningún pesar ante las situaciones que viven, se desean niños sin decepciones. Esta actitud comporta el peligro de abrigar enfados, resentimientos, frustraciones y miedos sin resolver que tarde o temprano se transformarán en algún tipo de violencia.

Llorar, aunque nos cueste entenderlo, puede ser un método muy efectivo para disipar la energía agresiva. Gran parte del dolor emocional durante la infancia constituye un elemento inevitable del crecimiento y del aprendizaje de una persona. Todos los niños vivirán experiencias dolorosas y estresantes incluso con los padres y profesores más cariñosos. Por lo tanto, resulta extremadamente importante no obstaculizar ni el llanto ni la rabieta.

¿Cómo podemos responder ante estas situaciones violentas?

a) En primer lugar, hemos de detener la violencia con firmeza.
b) A continuación, debemos ofrecer un abrazo firme a la par que cariñoso.

La clave está en ayudar al niño a sentirse suficientemente seguro como para liberar sus sentimientos llorando, mostrando incluso rabia o enfado, en lugar de hacerlo a través de un acto violento.

Coger al niño de forma cariñosa pero firme cumple los dos objetivos: detener el comportamiento violento y suministrar el amor y el contacto físico suficientes para que el niño se encuentre seguro. Si conseguimos hacerlo de forma consciente y con delicadeza, el abrazo será efectivo y beneficioso.

Puede parecernos poco congruente, o resultarnos incluso embarazoso abrazar en contra de su voluntad a alguien que patalea. Sin embargo, consideramos más conveniente enviarlo a su habitación o utilizar toda clase de amenazas o castigos. Enviar a un niño agresivo o enfadado a su habitación puede tener resultados a corto plazo. No obstante, solo conseguiremos empeorar el problema, ya que, sin desearlo, conseguiremos también que se sienta abandonado, incomprendido y poco querido. Solo tenemos que recordar cómo nos sentíamos nosotros si hemos vivido esta situación. Por ello, debemos intentar abrazar cariñosamente al niño en lugar de aislarlo y retirarle la atención.

Los niños necesitan experimentar la tranquilidad de saber que existe algo más fuerte y más poderoso que la rabia. Abrazar a un niño enfadado supone facilitarle un espacio donde puede liberar sus emociones y encontrarse seguro.

El uso del abrazo con niños que pegan, dan patadas, arañan y muerden se refleja de modo extenso en un libro destinado a profesores y publicado por la Asociación Estadounidense para la Educación en la Primera Infancia.

Cuando los niños están enfadados, necesitan que se les detenga para no pegar más, pero también que se les permita protestar abiertamente, les hace falta probar que si expresan sus sentimientos no serán rechazados por ello. Simplemente, hemos de ayudarles a liberar sentimientos. Pegar puede ser solo la manera que utiliza el niño para conseguir descargar emociones fuertes. Los niños que actúan de forma violenta sufren siempre emociones dolorosas. Por ello el abrazo nos permite primero consolarlos y luego averiguar de qué modo pueden expresar lo que sienten sin violencia.

Es importante recordar que cuando menos parece que lo merecen, es cuando más amor y comprensión necesitan.

Noemí Farinós, Terapeuta Familiar