Tensiones entre padres e hijos

Gran parte de las tensiones y conflictos familiares surge por desavenencias entre padres e hijos o por falta de acuerdo entre los mismos padres por causa de la educación de los hijos. Sin embargo, pocas cosas son más importantes y urgentes que respetarnos y llevarnos bien en familia entre generaciones respondiendo a las necesidades de cada uno.

La Biblia nos amonesta a “tener cuidado” de los nuestros, a responder a sus necesidades: “Si alguno no se cuida de los suyos, y sobre todo de los familiares de casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (1Tim. 5:8).

Este versículo nos indica que cuidar a los nuestros es más importante ante Dios que la fe que decimos profesar. La vida espiritual está hecha de creencias y de prácticas. Unas y otras hacen que seamos o no cristianos. Aceptar una lista de creencias básicas no nos hace cristianos; son las prácticas correctas, la integración de la fe en la vida, lo que hace de nosotros cristianos coherentes o no.

1. CONSEJOS A LOS HIJOS

Las relaciones entre padres e hijos se complican generalmente en la adolescencia.

1.1. Ser hijo no es fácil

El apóstol Pablo pide, en Efesios 6:1-3, dos cosas a los hijos: obediencia en el Señor (“hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”) y respeto en todas las circunstancias (“honra a tu padre y a tu madre”).

Amor (relación) e independencia son dos necesidades difíciles de armonizar en el marco de las relaciones entre padres e hijos.

La dificultad que los seres humanos solemos tener para aceptar al otro como persona (el respeto de su individualidad) afecta y deteriora todas las relaciones familiares, en especial las relaciones entre padres e hijos. La tendencia a ver al otro solo como “mi hija” o “nuestro hijo”, hace que olvidemos que, por encima de esa relación con nosotros, ese ser es alguien en sí mismo. Y que su vida y su persona tienen razón de ser y derecho a existir independientemente de su relación con nosotros. En realidad, muchas de las tensiones e incomprensiones familiares proceden de la dificultad en percibir esta realidad. Es decir, de la falta de respeto profundo al otro.

1.2. Jesús, modelo de hijo

Jesús sufrió también esta incomprensión por parte de sus padres terrenos, esa dificultad en ponerse en el lugar del otro. Y sufrió como cualquier joven, si no más. Los evangelios nos relatan varios episodios de su vida marcados por las tensiones familiares. (Ver, por ejemplo, Mc 3:20-21, 31-35, y Jn 7:1-6.) El más claro es Lucas 2:40-50.

Este texto nos recuerda que nuestros hijos no nos pertenecen. Los hijos no los “hacemos”, los recibimos, se nos “dan”. Dios nos los confía: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.” (Isa 9:6)

En aquella cultura tener un hijo significaba tener porvenir, poder mirar el futuro con confianza. Cada hijo es un regalo, un privilegio grandioso para los padres, para la familia, para la iglesia y para la sociedad. Así lo dice el Salmo 127:3. “Los hijos son herencia de Jehová… Un regalo de Dios.” (Cf. Salmo 144:12)

Dios había confiado a Jesús a sus padres, José y María. La Biblia nos cuenta que una vez perdieron al niño Jesús en un viaje, cuando todavía era un adolescente (Lucas 2:40-52). Llega un momento en la vida de cada niño en que éste no sigue ya a los padres. Ellos llevan su marcha, su camino, y el adolescente tiene otros intereses y toma sus propias decisiones. Al principio, los padres no se dan cuenta de que el hijo ya no les sigue. Les cuesta tomar conciencia de que ha crecido, ha cambiado. Y, cuando reaccionan, se dan cuenta de que el niño no está con ellos, no está donde ellos quisieran:

a) El niño se quedó en Jerusalén (¿Un niño muy independiente?).
b) José y María no se dieron cuenta (¿Una grave negligencia?).
c) Sin darse cuenta de las nuevas necesidades del joven, toman la independencia del hijo como una ofensa personal: “¿Por qué nos has hecho esto?”, le reprocha crispada su madre María. Ven en cada acción independiente una agresión, una ruptura. Los padres siguen viendo al hijo en su relación con ellos (“¿Qué nos has hecho?”), no en relación consigo mismo y con sus nuevos intereses (“¿Qué te interesa hasta ese punto?”, “¿Por qué estás precisamente aquí?”). No pensamos en los intereses del hijo sino en los nuestros (“Te hemos buscado”). Damos prioridad naturalmente a nuestros sentimientos (“con angustia”), no a los suyos (“¿Has pasado miedo?” “¿Cómo te has arreglado para dormir y comer estos días?”, “¿No te ha pasado nada?”). Eso suele venir después.
d) “¿No sabíais que…?” (¿Niño insolente?). “Ellos no comprendieron la palabra que les habló” (v. 50)

La Biblia dice que después de los doce años, Jesús adolescente “continuaba sumiso a sus padres” (Lucas 2:51). ¡Lástima que no sepamos cómo se las arreglaban José y María para obtener unos resultados tan buenos!

No cabe duda de que Jesús era un niño especial. Sin embargo, la Biblia dice que “fue tentado en todo, igual que nosotros” (Heb. 4:15) y que “siendo Hijo, aprendió la obediencia a costa de sufrir” (Heb. 5:8), puesto que “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17). Este pasaje nos muestra la dificultad de ponerse en el lugar del hijo (es decir de comprenderlo y respetarlo como persona), la dificultad de ver al hijo tal como es ante Dios y ante sí mismo (y no sólo en relación a mí, en tanto que padre, madre, hijo o hermano).

A través de esta experiencia de la adolescencia de Jesús, la Biblia nos enseña:

1) el respeto de la individualidad del joven en desarrollo,
2) la escucha de sus nuevas necesidades y puntos de vista,
3) la ecología relacional, es decir, el equilibrio entre el cuidado y el respeto del otro, que es la fórmula básica para vivir el amor (ágape).

2. CONSEJOS A LOS PADRES

Pablo nos recuerda que el amor de padre no irrita a los hijos, los educa, corrige e instruye “en el Señor” (Efesios 6:4). El apóstol resume los deberes de los padres cristianos en tres puntos principales:

“No provoquéis a ira a vuestros hijos”. No los irritéis. El apóstol nos pone en guardia, antes que nada, sobre la tendencia que muchos padres tenemos de crispar a nuestros hijos. Se trata de aprender a mantener con ellos relaciones cordiales y serenas sin tensiones que rompan la comunicación.

“Educadlos en disciplina”. Con el fin de no irritar a sus hijos, muchos padres acaban descuidando la disciplina necesaria en su educación, pero eso es casi peor. He aquí, según los expertos, los pasos a seguir para “no provocar a ira” a nuestros hijos con nuestra disciplina:

a) respetar siempre,
b) expresar nuestro deseo del modo más sencillo, claro y razonable posible en primera persona,
c) expresar natural confianza en que el hijo hará su parte: expresar desconfianza es un refuerzo negativo que provoca más fácilmente la rebelión que la obediencia. E. G. White dice que deberíamos esforzarnos en “facilitar la obediencia” de nuestros hijos. Para eso hay que empezar cuanto antes. ¿Cómo se facilita la obediencia? Pidiendo a nuestros hijos sólo cosas razonables. Las menos posibles, y ayudándoles a comprender que nuestras órdenes y consejos son sólo para su bien.

Evidentemente todo esto es mucho más fácil de decir que de hacer.

“Instruidlos en el Señor”. Tenemos el deber de ayudar a nuestros hijos a establecer con Dios las mejores relaciones y a transmitirles la fe en la medida en que ello sea posible (Deut. 6:4-9). Esta tarea no es fácil. Todos los padres lo saben. Los hijos deberían saberlo también, y ayudar a hacer las cosas más llevaderas para todos.

2.1. Ser padre no es fácil

“Se busca padre perfecto: Se busca persona capaz de prodigar amor 24 horas al día, capaz a la vez de aplicar disciplina efectiva y obtener obediencia inteligente. Amable, considerado, flexible, enérgico, entusiasta, responsable, infatigable, con sentido del humor. Indispensable saber escuchar y estar dispuesto a decir “lo siento” cuando haga falta. Permiso de conducir aconsejable. Salario: ninguno. Se requiere respuesta inmediata. Su hijo lo está necesitando.”

¿Cómo comprenderse padres e hijos? Los padres tienen tendencia a olvidar que fueron jóvenes. Los hijos tienen una gran dificultad en aceptar que sus padres puedan comprenderlos, aunque sus padres (todos sin excepción) han sido jóvenes antes que ellos….

2.2. Dios, modelo de Padre

Dios, el Creador, se presenta en la Biblia como padre de cada ser humano (Sal 139:13-16). Dios ha diseñado a los bebés de manera que puedan sobrevivir incluso con los padres más inexpertos. Todos nacen sabiendo refranes como: “El que no llora no mama”, etc. Del amor de Dios como padre aprendemos a amar a nuestros hijos:

Amor visceral. Con el nacimiento de mi primer hijo me vi transformado de repente en un padre típico. Un padre que enseña las fotos de sus retoños a todos los que encuentra: “¡Mira qué preciosidad de criatura! ¿A que no has visto ningún bebé como éste?” El otro puede pensar que ese recién nacido se parece a millones de recién nacidos. Con su carita de tortuga, arrugado, rojo, calvo, con los puños cerrados y la mirada miope. Pero ningún padre querrá reconocerlo. Para un padre, su hijo es maravilloso. ¿Por qué? Porque es suyo. Es su sangre, huesos de sus huesos, carne de su carne. Sus genes, su legado, su vida. Entre seres normales, nada puede afectar el amor de un padre por su propia prole. Es un amor visceral.

Amor incondicional. Mi amor por mis hijos me ayuda a comprender el amor de Dios por mí. Dios nos ama porque somos sus hijos. Y nada podrá cambiar esa realidad. En ese sentido, su amor es incondicional. Estamos hechos a su imagen. Tenemos todavía algunos de sus rasgos. ¿Por qué Dios iba a querernos menos que nosotros a nuestros retoños? ¿Por qué Dios iba a sentirse menos orgulloso de sus hijos que nosotros? ¿Por qué Dios nos ama con todos nuestros defectos? Por lo mismo que yo amo a mis hijos con todos sus defectos. Porque son mis hijos. Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Jesucristo (Rom. 8:38-39). Nuestro amor de padres está llamado a ser incondicional.

Amor progresivo. El aprendizaje de las relaciones paterno-filiales se realiza a partir de la identificación (o del contraste) del hijo con sus padres, y con sus abuelos. Es decir, que para aprender naturalmente a ser padre, se necesitan normalmente tres generaciones. Tres generaciones se requieren para que el niño pueda representarse lo que será su vida en todas sus fases. En el transcurso de la vida, por regla general, el ser humano debe, sucesivamente, ocupar el lugar de hijo, padre y abuelo. Así pues, el padre y el abuelo constituyen modelos necesarios para la formación completa del individuo a lo largo de la vida. Aunque Freud no lo haya visto, esta realidad es fundamental en el desarrollo de la personalidad. No sólo hay oposición al padre, también hay identificación.

Nuestro amor de padres debe adaptarse a las necesidades cambiantes de nuestros hijos a lo largo del tiempo (Deut. 1:31), siguiendo las tres grandes fases de la vida: la infancia, la edad adulta y la vejez. Este es el enigma planteado a Edipo por la esfinge: “¿Cuál es el animal que, por la mañana anda a cuatro patas, a mediodía con dos y por la tarde con tres?”

Amor de cabeza. La Biblia nos dice que la función directiva de padre es muy importante. El marido es cabeza de la mujer, como Cristo de la iglesia (Efesios 5:22 y 23). El padre está llamado a ser cabeza de familia,

No cabecilla
No cabezota
No cabezón
No cabezudo
No cabeza de chorlito
No cabecita loca

Ser padres es la tarea más importante que tendremos en esta vida. Y la más difícil. Nadie, en principio, puede pretender ser un padre perfecto, pero podemos empezar a calificarnos para el puesto si somos capaces de responder positivamente a estos tres desafíos:

1) seguir amando a un hijo, cuando éste no es “amable” o nos parece que no lo merece,
2) enseñar a obedecer sin recurrir ni a la amenaza ni al castigo,
3) resolver los conflictos sin que haya ni vencedores ni vencidos.

3. APRENDER A AMAR ES APRENDER EL RESPETO MUTUO

La mejor manera de enseñar a amar es amando. La mejor manera de recibir amor es dar amor.

Aprender a amar. Alguien escribió: “La clave para amar a un hijo es llegar a verlo como una mochila vacía de provisiones y recursos para la vida que se necesita llenar”. Todas las experiencias positivas llenan su mochila de instrumentos útiles. Todas las experiencias negativas (reproche, desdén, humillación, etc.) la vacían.”

Si un niño no se siente amado, se siente vacío de algo que nada más en el mundo podrá llenar. Como su naturaleza no puede soportar ese vacío, hará lo que sea para, por lo menos, atraer la atención (tontear, gritar, hacerse el interesante, etc.). Todos los niños descubren muy pronto que su comportamiento negativo atrae la atención de los padres (por desgracia) mucho antes y más eficazmente que el comportamiento positivo. El problema está en que los padres casi siempre reaccionamos a lo que interpretamos como una provocación castigando el mal comportamiento del niño. Al final este círculo vicioso acaba con la paciencia de los padres y la autoestima del hijo, que se encuentra con una mochila cada vez más vacía. Ese vacío él intentará llenarlo en alguna otra fuente (sexo, evasión, drogas, violencia). Y, si no puede, la mochila se llenará ella sola, pero de resentimiento.

Reprender sin herir. En vez de castigar de buenas a primeras, se trataría de prestar atención positiva al niño “vacío” y procurar llenar su mochila, si es posible de cosas buenas, hasta que desborde.

Pero nadie da lo que no tiene. Y los niños, que todavía no saben fingir, sólo son capaces de amar si se sienten plenamente amados (es decir, el amor que dan es lo que rebosa de lo que reciben). Por eso los niños que se saben amados suelen comportarse mejor que los otros y aceptan mejor la disciplina. No necesitan recurrir al mal comportamiento para “probar” si son amados o no. Cuidado, pues, con la manera que tenemos de castigar. Y asegurémonos de que nuestros hijos se sienten suficientemente queridos.

¿Cómo seguir amando a los hijos cuando son mayores? No dejando de “llenar” su mochila. Desdramatizando las tensiones. Potenciando los momentos que estamos con ellos en ocasiones divertidas, interesantes, o lo más agradables posible. Prestándoles atención genuina, demostrando que los queremos sin condiciones, y tratándolos con respeto, sea cual fuere el camino que tomen en la vida.

Hacer frente a los conflictos sin ofender. La clave para comprendernos en familia y fuera de la familia es:

a) escuchar lo que el otro dice (cómo lo dice, y por qué lo dice) y tratar de captar lo que no llega a decir,
b) expresar nuestros sentimientos, con naturalidad, tacto, sinceridad y cariño. Es preferible expresar los sentimientos, aunque sean negativos, que callarlos. Y siempre conviene expresarse en primera persona. Las frases que se refieren al “tú” suelen ser mucho más hirientes:

Padre – “Tu música es un asco.”
Hijo – “Y tú eres un antiguo.”
Padre – “Eres un inconsciente. Por tu culpa no he podido dormir.”
Hijo – “Tú me tratas como si no fuera de fiar, como un presunto delincuente.

Aunque parezca secundario, es importante dar preferencia a frases que se refieran a uno mismo:

– “Perdona, pero esa música no me deja concentrarme.”
– “No me gusta que vuelvas tan tarde. Tengo miedo de que te pase algo.”

De todos modos, no siempre llegaremos a comprendernos y a que nos comprendan plenamente. Como ocurrió con Jesús. Pero por lo menos tendremos la satisfacción de sabernos escuchados y respetados.

Y si no conseguimos ser el padre perfecto que no se equivoca nunca, seamos por lo menos, el padre que, cuando se equivoca, tiene la humildad de decir “lo siento”. Y si no conseguimos ser el hijo perfecto, que sólo da alegrías a sus padres, seamos por lo menos el hijo respetuoso que escucha e intenta comprender.

Con relaciones así, entre padres e hijos, unos y otros con Jesús, tendremos también más probabilidades de seguir “progresando en sabiduría, en vigor y en gracia delante de Dios y ante los hombres” (Lucas 2:52).

Roberto Badenas, director del Departamento de Educación y Ministerio de la Familia de la División Euroafricana