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NUESTRAS FRONTERAS PERSONALES

«Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto» (Jn.11:21). Lázaro había enfermado y, finalmente, había fallecido. Marta pensó que Jesús hubiera podido curarle de haber estado presente. ¿Qué habría pensado al saber que Jesús había demorado dos días su retorno al conocer la enfermedad de su hermano?

Por su parte, otros también planteaban algo parecido: «Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos del ciego, haber hecho también que Lázaro no muriese?» (Jn.11:37). Pensaban, como Marta, que Jesús era poderoso justo hasta llegar al límite de la muerte.

Cuando se produjo la resurrección de Lázaro, se pudo apreciar que su muerte no se había constituido, en ningún momento, en una frontera insalvable para el poder de Jesús. Sin embargo, aquellas personas sí tenían fronteras que les eran un gran impedimento. Como a nosotros especialmente las fronteras que delimitan nuestra fe, nuestra paciencia, nuestro amor,… En nuestro corazón hay muchas fronteras. Y nosotros, muchas veces, somos prisioneros en nuestro pequeño territorio de pensamientos, sentimientos y convicciones.

¿Por qué esperó Jesús dos días? Tal vez porque había fronteras que debían romperse, territorios que debían expandirse. Y sin duda lo consiguió: a partir de ese momento, Marta y tantos otros, ya no dudarían del poder de Dios ante la muerte. La frontera se había movido sensiblemente. Pero…

Jesús, en otro momento de su ministerio «comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días. Y les hablaba esto con toda franqueza» (Mr.8:31,32). Aquí vemos a nuestro Jesús preparando a sus discípulos para los graves momentos que habían de enfrentar. Como Pedro tenía su «frontera» empezó a reconvenirle. Como todos tenían sus propias fronteras, cuando el Maestro resucitó no podían creerlo. Incluso María, hablando con Jesús, no pudo reconocerlo hasta escuchar su propio nombre en los labios de su Señor. Las fronteras de fe, que además coinciden con las fronteras del miedo, de la vacilación, de la desesperanza,…les impedían ver más allá.

Cuando finalmente Jesús se mostró a ellos con absoluta claridad, recordamos a Tomás y su actitud de incredulidad: «Si no toco…». ¡Cuántas fronteras!, ¡Cuántas alambradas que no nos dejan correr libres y felices por praderas de conocimientos útiles y de relaciones verdaderas. Nos aislamos de lo que nos rodea, de los demás y aun de Dios, con fronteras que, formadas en nuestra mente y en nuestro corazón, nos hacen ser como círculos cerrados a…¡muchas cosas! Marta estaba cerrada a la esperanza, aquellos que no podían creer que Jesús podía resucitar estaban cerrados incluso a la salvación.
Pero Jesús, tu Jesús y mi Jesús, ha venido, entre otras cosas, para romper tus fronteras. Sólo hay una condición: que le invites a vivir en el territorio de tu corazón. Desde ahí él conseguirá que tus fronteras, antes estrechas y limitantes, se expandan hasta fundirse en un abrazo con las de los otros. Y ahí llega el encuentro. Y cuando eso se produce respecto del Padre, entonces es maravilloso, porque se rompen las fronteras más terribles que puede tener el hombre, aquellas que le separan de Dios. Jesús nos saca de nuestra » burbuja» y un día, estallando ésta, podremos subir hasta la misma presencia de Dios.

No más fronteras en nuestro corazón, no más límites a nuestro crecimiento y a nuestra relación sincera y abierta con los demás, no más fronteras ante nuestro Dios. Dejémonos invadir por Aquel que nos trae la «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom.8).

Un último texto que nos habla del propósito de Jesús al morir por nosotros: «Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en UNO a los hijos de Dios que estaban dispersos.» Jn.11:51,52 En ese UNO se han roto las fronteras, los prejuicios y los juicios, el egoísmo y el orgullo,… Dios quiere romper tus fronteras. Y no hay nada más hermoso que ver a un ser humano que, por el amor y el poder de Dios, crece y crece en el territorio de su corazón.

Sea nuestra oración como la de Jabés: ¡Oh, si tú me bendijeras en verdad y ensancharas mi territorio…!Y le otorgó Dios todo lo que pidió» (1Cr. 4:10).

Al otro lado de tu frontera tal vez esté tu esposa, tu esposo, tu hijo, tu hermano, …¡esperándote!

Antonio Martínez Carrión, director del Departamento de Vida Familiar de la Unión Española