Elena tiene cinco años. La semana pasada la maestra de educación infantil citó a los padres para plantearles el problema que, al menos en la clase, Elena presenta: miente constantemente.

De hecho, la profesora estaba convencida de que el padre de Elena era médico, cuando en realidad es economista, y de que Elena tenía dos hermanos mayores, Pablo y Marcos, de 12 y 13 años.

¿Cuántas veces nos ha tocado, como padres o profesionales, estar frente a la mentira de un niño?

Veamos algunas pautas que pueden servir de base para una reflexión del problema y para abordar con mayor serenidad el tema de la mentira en los niños.

TIPOS DE MENTIRA

Cuando le decimos a un niño «Estás mintiendo», debemos tener mucho cuidado ya que un niño que miente no siempre lo hace con intención.

Normalmente, los niños menores de 7 años tienden a confundir la realidad con la fantasía. De ahí que sus juegos parezcan tan vívidamente reales. Este tipo de «mentira» es inocente, sin premeditación y sobre todo no pretende conseguir ningún beneficio.

A partir de los 7 años aproximadamente, el niño empieza a tener mayor conciencia de su realidad y se da cuenta de que a veces falseando la verdad puede conseguir ciertos beneficios personales.

También hemos de tener en cuenta que los niños pequeños tienen la creencia de que sus padres lo saben todo, y que incluso tendrían la capacidad de leer sus pensamientos. La aparición de la primera mentira a los padres, la posibilidad de guardar algún secreto, es de suma importancia para reconocer las limitaciones paternas, impulsando su desarrollo psíquico al percibir el niño que él es una persona diferenciada de sus padres.

¿POR QUÉ MIENTE EL NIÑO?

Queda claro, entonces, que en niños pequeños la mentira se da como parte de su juego, como vivencia de su fantasía en la realidad. Cuando el niño mayorcito miente, puede ser por diversas razones:

1. Como imitación al padre o a la madre que miente. Los niños, dicen, son como esponjas que absorben todo. Si ellos observan y viven la mentira de manera cotidiana, aprenden a mentir como un acto normal y cotidiano. La actitud de los padres alienta muchas veces la utilización de las mentiras cuando, a partir de ciertos interrogantes que los pequeños plantean sobre temas que hacen referencia al origen de la humanidad, al nacimiento, a la muerte, las respuestas o explicaciones que se les dan no van de la mano de la verdad o de sus creencias, alegando que los niños “no entienden o no se dan cuenta”. Debemos tener en cuenta que las preguntas que los niños realizan están en estrecha relación con su propia historia, con su origen; son el principio de sus cuestionamientos.

2. Por miedo. Suele ser la causa más común de la mentira en los niños; falsean datos por temor a la desaprobación o al castigo por parte de la madre o del padre.

3. Ante la exigencia. Exigimos mucho al niño y tiende a hacernos creer que está al nivel de nuestras expectativas. Miente para no defraudarnos.

Sea cual fuere la causa concreta de la mentira, es señal de que el niño está en apuros.

¿CUÁNDO PREOCUPARSE?

No siempre la mentira es tan grave como para preocuparse. Cuando la mentira surge de la fantasía, desaparece normalmente con la madurez del niño. Deberíamos preocuparnos únicamente si es recurrente o si se presenta como:

a. Mentira patológica. La famosa «mitomanía», que surge del niño que intenta persuadir y convencer a los demás de la realidad de sus relatos.
b. Mentira neurótica. Aparece como producto de un nivel elevado de ansiedad en el niño o del temor en general. Por ejemplo, el caso del niño que habitualmente miente acusando a sus profesores de mal trato para ocultar su rechazo escolar.

Lo primero que tenemos que hacer como padres o maestros es determinar con qué tipo de mentira estamos lidiando y, sobre todo, qué la está motivando, para no equivocarnos en la intervención. La actitud que tengamos va a ser decisiva. Será necesario:

1. Reaccionar con calma, aunque con severidad.
2. Felicitar o premiar al niño que confiesa la verdad. Si lo castigamos a pesar de que ha confesado, estamos reforzando su hábito de mentir (la próxima vez lo hará con más cuidado para que no lo descubran…)
3. Favorecer un ambiente de confianza, en el que el niño se anime a contar sus travesuras y sus errores.
4. Estar alerta. Por mucho que amemos a nuestros hijos, tenemos que aceptar que a veces fallan, que no son tan perfectos e ideales como los hemos imaginado.

Los padres son el modelo de mayor importancia para los hijos. Deben tomarse tiempo para hablar seriamente con él acerca de:

a) La diferencia entre la fantasía y la realidad, la mentira y la verdad.

b) La importancia de la honestidad en el hogar y en la comunidad, y las alternativas a la mentira.

Si el niño desarrolla un patrón serio y repetitivo de mentira, entonces se necesita ayuda profesional, aunque es mejor prevenir que curar.

Conclusión
La mentira pone de manifiesto un fallo de la personalidad, una pendiente hacia el aislamiento y la desconfianza. Es necesario educar para la franqueza y la confianza mutuas, que es lo único que garantiza el equilibrio y la felicidad.

¡Ánimo padres! Un gran reto nos espera en la formación de la honestidad en nuestros hijos.

Mª Ángeles Armenteros Cruz, maestra de Educación Infantil, especialista en Audición y Lenguaje