Nuestro mundo está sujeto a leyes. Sus circunstancias y contingencias nos someten a todos por igual. Respiramos el mismo aire, sufrimos las mismas enfermedades… Pero los principios de vida sana valen también para todos. Las bendiciones de Dios acompañan a los que deciden seguir los preceptos de su pacto…

Siempre ha sido común el pensamiento de que “uno es lo que es” como algo inevitable e inamovible, que no se puede luchar contra las leyes de la herencia. “De tal palo tal astilla” o “Genio y figura hasta la sepultura” son expresiones del refranero popular que describen perfectamente este modo de pensar.

Más de una vez hemos dicho, o tal vez escuchado a alguien decir: “Yo soy así”, como algo categórico a lo que es imposible sobreponerse u oponer resistencia. Esta es una excusa común en nuestros hijos adolescentes, que no se ven capaces de controlar su temperamento y se sienten, en mayor o menor medida, víctimas de su propia herencia. En ocasiones, la genética aparece en sus luchas personales como una barrera infranqueable ante la cual se consideran vencidos. Con frecuencia, toleramos nuestra herencia negativa como parte inmutable de nosotros mismos, abandonándonos a ella como algo inevitable.

Siguiendo esta línea de pensamiento, como padres, podemos echar toda la culpa a la genética y desligarnos de cualquier responsabilidad educativa, podemos dejar que nuestros hijos abandonen sus luchas antes de empezar; pero tal vez no sea todo tan inamovible como se ha pensado tradicionalmente. En estas circunstancias, cabe preguntarse cuál es realmente el peso de la herencia y cuál el de la educación en el desarrollo y formación de la persona. Nada más importante para un padre o un educador que conocer el verdadero alcance de su tarea.

¿Qué nos dice la Biblia acerca de la influencia de la genética?

“… que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación, a los que me aborrecen.”(Éxodo 20:5)

Generación tras generación vamos arrastrando las consecuencias del pecado a través de las cargas genéticas. La Biblia confirma lo que la ciencia ha estudiado y demostrado: nuestros genes transmiten generación tras generación lo bueno y lo malo. Todo va bien mientras se trata de lo bueno, pero no asumimos tan bien la herencia negativa. ¿Estaré sufriendo alguna consecuencia del pecado de mis abuelos? ¿Sufrirán mis hijos las consecuencias del mío? ¿Será un lastre para ellos mi legado genético? Este pensamiento siempre me ha resultado doloroso. Además, aparece implícita otra cuestión vinculada a este asunto: ¿Tenemos libertad o estamos de algún modo predestinados?

¿Qué nos dice la ciencia actual acerca de esto?

Se ha avanzado mucho y la ciencia ha realizado importantes descubrimientos en este campo. Nuevas investigaciones, que arrojan más luz sobre el tema, afirman que existen mecanismos que generan cambios genéticos y éstos pueden transmitirse de una generación a otra.

La existencia de una posibilidad de cambio, de un mecanismo que podría alterar lo que parecía inalterable, constituye ya una respuesta interesante a nuestras preguntas.

Como ejemplo, podríamos citar estudios que evidencian un alto daño cromosómico en los fumadores. Estas alteraciones genéticas no solo pueden persistir en nosotros aun después de haber dejado de fumar sino que también pueden, en cierto grado, ser transmitidas a nuestros hijos.

En un instituto de investigación en medicina preventiva de California se realizaron estudios sobre un colectivo de pacientes con cáncer de próstata de bajo riesgo. Se pretendía observar si un cambio en el estilo de vida influía en la expresión genética de las personas. Después de tres meses con una dieta rica en frutas, vegetales, cereales integrales, ejercicio moderado y técnicas de control del estrés, hubo variaciones genéticas positivas.

Tras el periodo de estudio, los pacientes presentaban cambios en la actividad de unos 500 genes, incluidos 48 que se activaron y 453 que se desactivaron. La actividad de los genes que previenen enfermedades aumentó, mientras que la cantidad de genes que promueven las dolencias, incluido el cáncer de próstata, se redujo, según el estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

La conclusión es evidente: un medio ambiente (ambioma) saludable influirá positivamente en nuestra expresión genética.

Aún hay más. El estilo de vida que nosotros elijamos y en el que formemos a nuestros hijos también afectará nuestra longevidad y la suya. Según el investigador español Mora Teruel, que estudia el envejecimiento cerebral, solo el 25% de la longevidad responde a la genética, el 75% restante está determinado por nuestra forma de vida. El modo en que vivamos y afrontemos nuestra vida, incluso nuestra vejez, será determinante.

Según esta información, es posible asegurar que la herencia genética puede, de alguna manera, ser importante; pero de ninguna manera lo es todo. Nuestras opciones las elegimos nosotros mismos y éstas, a su vez, pueden constituirse en mecanismos de cambios genéticos que se transmitirán “ hasta la tercera y cuarta generación”, según el texto bíblico.

Esto nos muestra claramente la capacidad del ser humano de sobreponerse a la carga genética que reciba. En definitiva, somos nosotros y no la genética, primordialmente, los que decidimos la cantidad y la calidad de los años que nos toque rodar por este mundo.

Las líneas de investigación actuales tienen como objetivo desalentar la activación de genes que podrían desencadenar futuras dolencias. Conociendo el perfil genético de una persona en su juventud se podría, modificando el ambioma (estilo de vida), evitar la activación de genes no deseados. Si bien esto no prolongaría los años de vida, permitiría llegar a la vejez sin enfermedades.

Una revista científica tan prestigiosa como Nature habla de la importancia que tiene algo tan espiritual como la “pasión por la vida” en la longevidad de las personas.

Así pues podemos afirmar que, si bien poseemos una herencia genética, junto a ella Dios nos otorgó la libertad para influir en nuestra propia vida por encima de ésta con el fin de revertir, en mayor medida, estas partes oscuras de nuestro legado en algo positivo. La última parte del versículo ya nos lo adelanta: ” y hago misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos”(Éxodo 20:6)

¿Cuál es, entonces, la trascendencia de la labor educativa de padres y maestros? Desde luego, nunca hemos dejado de señalar su importancia; pero a la luz de las últimas investigaciones nos parece, sin duda alguna, mucho más relevante y de un alcance infinitamente más valioso. Ahora aparecen como susceptibles de cambio multitud de cosas que considerábamos inevitables. Y, si se me permite, somos capaces de apreciar en su verdadera dimensión la libertad que se nos otorga.

Así pues, podemos confirmar la tremenda importancia de la educación y su valor para contrarrestar algunas tendencias. No somos solamente lo que heredamos, sino lo que, por encima de todo, hacemos de nosotros mismos y son nuestras elecciones las que definen principalmente nuestro perfil. Poco podemos hacer con el material genético que ya hemos transferido a nuestros hijos, pero sí podemos formarlos en hábitos de vida y enseñarles a usar sabiamente la libertad que Dios nos da. Una esmerada educación en hábitos saludables puede conllevar beneficios genéticos “hasta la tercera y cuarta generación …”

“Al cielo y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas, tú y tus descendientes.”(Deuteronomio 30:19)

Julio Marcó Pardo