“…Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” Stg. 4:6

Cuando el cantautor italiano Franco Battiato se refería a los humanos como “provincianos de la Osa Menor”, indicaba que nuestro sistema solar y el planeta donde existimos es únicamente un suburbio de esa inmensa constelación en la que se asocian millones de estrellas. Destacaba con estas palabras el absurdo engreimiento de nuestra civilización y la exigua importancia que tiene nuestro mundo en relación con las dimensiones del universo en su totalidad.

Durante muchos siglos hemos supuesto que vivíamos solos en la inmensidad del espacio y que la Tierra estaba situada en el mismo centro del cosmos. Los cuerpos celestes nos acompañaban de forma permanente rindiéndonos pleitesía. Suponíamos que habían sido creados por Dios para decorar el firmamento y disfrutar de su belleza.

No obstante, la revolución científica, a partir del siglo XVI, vino a demostrarnos la infinitud del espacio. Fue entonces cuando los grandes astrónomos, aplicando las ciencias físico-matemáticas a sus investigaciones, demostraron lo que algunos filósofos de la antigüedad ya habían intuido: la Tierra es tan sólo un astro más regido por leyes naturales.

Habíamos creído que nuestro universo no era más complejo que el de nuestra infancia y nos resultaba, igualmente, imposible ponernos en el lugar del otro y explorar ideas y sentimientos distintos a los propios.

La forma en que nos relacionamos habitualmente con los demás se manifiesta de forma similar a la de aquel sistema geocéntrico. Así, nuestro sentido de la vida, las ideas que tenemos acerca de los otros, con nuestros valores y creencias personales, conforman un eje alrededor del cual gira la experiencia vital de nuestro prójimo. Nada ni nadie resulta más importante ni tan interesante como esas opiniones que atesoramos. Porque son tan claras y razonables que nos parece increíble encontrar a alguien que no las comparte.

En el fondo, este es el gran obstáculo para el diálogo entre las ideologías: parten de supuestos teóricos distintos y se alejan, en sus argumentos, desde el mismo principio, por lo que les resulta imposible converger. El debate político de nuestro país ofrece ejemplos diarios e invariables de este desencuentro. Pero los mayores desacuerdos pueden hallarse, con mayor frecuencia, entre los creyentes religiosos. La importancia capital que a menudo otorgamos a las doctrinas nos aboca, peligrosamente, a asumir postulados en términos de dogmas absolutos. El riesgo de sumirse en actitudes fundamentalistas y de rechazo se hace, entonces, evidente en quienes piensan haber descubierto “la verdad”, ya que la consecuencia lógica de tal aseveración es considerar a los que no la comparten como equivocados, torpes, ignorantes, hermanos separados o engañados por el diablo a los que, como mucho, se les “tolera” hasta el momento en que por fin coincidan con nosotros.

Por otra parte, cada uno de nosotros es, también, un sistema independiente de creencias, distinto del de nuestro hermano. Tenemos conceptos diferentes, ideas que no compartimos, modelos explicativos de la realidad que no coinciden. Nos unen, es cierto, costumbres y usos temporales y culturales pero, a solas, nos creemos únicos y sobrados de razón. Asumimos un punto de partida desde el que intentamos comunicarnos, sin pensar que puede estar viciado por esas suposiciones irracionales que siempre impiden el diálogo. No podemos compartir argumentos si no abandonamos nuestras máximas indiscutibles. Nos ofendemos mutuamente cuando, desde posiciones absolutas, destacamos sin realismo ni objetividad, aspectos o dimensiones distintos con el fin de ridiculizar o anatematizar, por anacrónicas o liberales, las ideas del otro. Algunos nos sentimos más cómodos manejando argumentos que imaginamos liberales o progresistas; a otros, en cambio, nos proporcionan más seguridad aquéllos que consideramos más ortodoxos y, en nuestra opinión, sensatos. En consecuencia, nuestras posiciones, cuando no coinciden, nos condenan a una estéril falta de entendimiento. Criticamos al que no comparte nuestro criterio y juzgamos con una medida que no deseamos para nosotros mismos.

Podemos, desde luego, levantar una estructura de preceptos que refuerza la imagen que deseamos dar y nos aporta seguridad. Sin embargo, como ya ocurrió en nuestra tradicional representación del universo, ignoramos que hay otros mundos personales que no comprendemos. Y suponemos que el centro del sistema somos nosotros mismos.

José Antonio M. Moreno, profesor de Psicología y Pedagogía