Job 28:13 – El hombre no conoce su valor.

El verano pasado visité una exposición muy interesante de viñetas sobre el agua. Una de ellas decía así: “Los ríos nacen limpios y mueren contaminados, igual que las personas”. Un pensamiento que me hizo reflexionar sobre cuántas “basuras” se van depositando en el curso de nuestra vida. Impurezas que nos contaminan y que se van sumando, que arrastramos hasta el final y que en muchos casos acaban con la vida.

Quizá no nacemos absolutamente limpios, a causa de la contaminación del pecado, pero donde sí nacemos limpios es en el conocimiento propio. Cuando nacemos no sabemos si valemos mucho o poco, si somos tímidos o extrovertidos, guapos o feos, listos o tontos, si somos atractivos o no ¿De dónde sacamos esas conclusiones sobre nosotros mismos? Todo ese autoconocimiento lo vamos aprendiendo desde pequeños y lo vamos modificando a lo largo de la vida.

1. DEFINIENDO CONCEPTOS
Ya los antiguos filósofos griegos recomendaban “conócete a ti mismo”, y la Biblia lo dice así: “No descuides el don que hay en ti” (1Tim. 4:14).

El autoconocimiento es lo que tú crees y sientes sobre ti mismo, aunque no se corresponda con la realidad, y en función de ello así te comportas. Así que podemos subdividir el autoconocimiento en tres factores: cognitivos (pensamientos), afectivos (sentimientos) y conativos (comportamientos).

El autoconcepto (cognitivo) es lo que piensas de ti mismo. Cuando evalúas tus cualidades personales, físicas, valores, creencias, comportamientos y tu realidad socio familiar te formas una opinión propia.

La autoestima (afectivo) es lo que sientes por ti mismo. Es el nivel de estima y aceptación que puedes sentir por ti mismo, una vez te conoces.

La autoeficacia (conativo) es tu comportamiento. Los dos componentes anteriores forman la imagen que tienes de ti mismo, que finalmente se expresa en la conducta y en tu relación con los demás.

2. COMIENZA EN LA INFANCIA

¿Cuándo comienza ese conocimiento propio? En la infancia. Muchas de las voces que llevas en tu interior son las voces que oíste en la niñez. Cuando naciste no tenías ninguna referencia de ti mismo. La imagen que te has ido formando comenzó con aquello que los demás te han ido mostrando, y cómo han ido interpretando tus acciones. Tus padres fueron los primeros que hicieron que te vieras competente o incompetente, inteligente o torpe, agresivo o cariñoso, con miedos y limitaciones o con objetivos y motivaciones. Después de tus padres, otros adultos entraron en tu vida para mostrarte tu valía.

Pongamos un ejemplo. Si tu padre, madre o maestro ante un suspenso en matemáticas te dijo de pequeño: “Es extraño porque tú eres muy bueno en matemáticas, quizás dedicaste poco tiempo”, tu pensamiento te confirmó “soy muy bueno en matemáticas, pero debo dedicar más tiempo”.
Pero si te dijo: “Es que a ti te cuestan mucho las matemáticas”, tu pensamiento te confirmó “yo no valgo para las matemáticas, no merece la pena esforzarme”.
Y si su respuesta fue: “Eres un inútil, tú no sirves para estudiar”, tu pensamiento te confirmó “soy tonto, como no valgo para estudiar lo voy a dejar”.

Y de esta forma crees que vales o no vales para tal o cual cosa. Son los demás los que te hacen sentir valiente o inútil, por lo que te dicen y por los sentimientos que te transmiten. Es a través de tu conducta, de las opiniones que vierten sobre ti, y también comparándote con los demás que te vas formando un concepto de cómo crees que eres.

2. LOS PADRES COMO ESPEJO
Los padres somos “espejos psicológicos” para nuestros hijos, a partir de los cuales ellos van construyendo su propia imagen. Desde que nacen, nuestros hijos se miran en nosotros y van aprendiendo lo que valen por el valor que nosotros les damos. Las primeras lecciones de su valía son:

Positivas: De tus sonrisas aprende que es encantador. De tus caricias aprende a sentirse seguro. De tus besos la calidez. De tu respuesta a su llanto que es importante. De tus palabras dulces y cariñosas a sentirse querido. Del tiempo que le dedicamos aprende que tiene mucha valía.

Negativas: Si no le confortas, ni le coges, ni le hablas, ni le meces, ni le besas, ni le muestras cariño, ni le dedicas tiempo, aprende que su presencia produce molestia, que es un estorbo y que no tiene mucho valor.

Seguro que tú quieres lo mejor para tus hijos, que tengan éxito, que sean buenos cristianos, que sean felices, que tengan amigos, que sean competentes y que aprovechen las oportunidades que la vida les ofrezca. Ayudar a tus hijos a desarrollar sus capacidades es la tarea más importante de la paternidad. El niño con un conocimiento de sus capacidades, y con una sana autoestima, tiene muchas posibilidades de ser un adulto feliz y exitoso, libre de muchas contaminaciones de la vida como las drogas, el alcohol, las relaciones conflictivas, la delincuencia, etc. Un autor prestigioso afirma: “La imagen que tu hijo tiene de sí mismo es el resultado directo del tipo de estímulos que recibe de ti cotidianamente” (W.W. Dyer).

Al crecer, tus hijos tendrán otros espejos que les muestren quienes son: Los maestros, los amigos y la familia. Cuando sean mayores y formen su propia familia se añadirán otros espejos: Compañeros de trabajo, el cónyuge y los hijos propios.

3. EL VALOR DE LAS PALABRAS

La palabra es un factor que influye poderosamente en la autoestima de las personas. Las palabras son armas de dos filos, pueden reforzar o debilitar el concepto que uno tiene de sí mismo, según sea el contenido, el tono de voz y el gesto que las acompañe.

Si crees de verdad que tu hijo o tu cónyuge es “más torpe que los demás” y que “no tiene iniciativa”, le comunicarás, aún sin pretenderlo, estos mensajes negativos a través de tus palabras y de tus gestos. Por el contrario, si eres una persona que confías en ellos y estás convencido de que pueden crecer y mejorar, tu “espejo” les infundirá confianza en sí mismos. Toda persona necesita sentirse reconocida, alentada y apreciada en sus esfuerzos. No basta con querer al cónyuge y a los hijos; es necesario que ellos se sientan queridos y valorados.

E.G. White lo resume con estas palabras: Elogiad a vuestros hijos siempre que podáis. Haced que sus vidas sean tan felices como fuere posible. Los niños necesitan, no solamente reproches y corrección, sino estímulo y elogio, el agradable sol de las palabras bondadosas. (EGW, HC, 14)

4. EL DON DE LA AFIRMACIÓN

La palabra “afirmar” significa “hacer firme”, “dar fuerza” o “dar aliento”. Las personas somos como neumáticos con pequeños pinchazos, perdemos aire y necesitamos que se nos “infle” de vez en cuando. Existen tres vías por las que recobramos el aliento: La afirmación recibida de los demás, la afirmación propia y la afirmación compartida.

Afirmación recibida
Como has visto, desde la infancia aprendiste a valorarte cuando tus padres te valoraban. El joven, el adulto y el anciano también se afirma por el aprecio, la aceptación, el afecto y la atención que otros le dispensan. El apóstol Pablo nos estimula así: “Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros” (1Tes. 5:11).

Afirmación propia

La afirmación propia se aprende. Debes aprender a pensar positivamente, a tomar conciencia de tus logros y fracasos, a comprenderte y perdonarte, a expresar tus opiniones y sentimientos, a defender tus derechos sin lesionar los ajenos, a potenciar tus talentos, a cuidar tu bienestar físico, psíquico y espiritual. En este sentido escribe E.G. White: “No permitáis que los pensamientos amargos continúen embargando vuestro ánimo”. (EGW, 2Mente Carácter y Personalidad, 57)

Afirmación compartida

Afirmar a otra persona es quizá el toque curativo más tierno que puedes ofrecerle. Un toque que anima al otro a comprender el potencial que Dios le ha dado. Afirmando a los demás, ofreciéndoles tu aprecio y aceptación, tu afecto y atención, ayudándoles a descubrir sus recursos y talentos, reconociendo sus méritos, no sólo robusteces su autoestima, sino también la tuya. De nuevo E.G. White nos orienta de cómo proceder con nuestros hijos: “Los hijos quizá deseen hacer lo correcto, quizá se propongan en su corazón ser obedientes, pero necesitan ayuda y ánimo”. (EGW, CN, 261)

5. EL EJEMPLO DE JESÚS
Jesús es nuestro mejor modelo. Las personas acudían a él en busca de sanidad, y Jesús no sólo las sanaba físicamente sino también psicológica y espiritualmente. Llegaban desanimadas y salían de su presencia llenas de ánimo y esperanza. Su suave toque de afirmación sanaba a los heridos, restauraba a los tristes y confortaba a los ansiosos. Veamos algunos ejemplos:
– Jesús animó a los niños y a sus madres cuando los bendijo. Se fueron a sus casas felices por el gesto de Jesús (Luc. 18:16).
– Consideró a la viuda que vino al templo con una ofrenda muy pequeña, pero Jesús reconoció en ella una consagración total a la causa de Dios (Mar. 12:44).
– Observa la manera en que Jesús afirmó a la mujer sorprendida en adulterio. Sus acusadores estaban listos con la ley y con las piedras, querían justicia. Pero Jesús le ofreció su perdón. Aquella mujer llegó pensando en la muerte y se marchó feliz y llena de vida (Jn. 8:11).
– La mujer con flujo de sangre que tocó el manto de Jesús, no sólo marchó sanada físicamente, sino restaurada psíquicamente, social y espiritualmente. Se fue feliz (Mar. 5:25-34).
– Pedro estaba muy triste después de haber negado a su Maestro, pero Jesús después de resucitar restauró y afirmó a Pedro. Le devolvió el ánimo que le faltaba (Jn. 21:15-17)
– Jesús afirmó al ladrón arrepentido en la cruz cuando le prometió que estaría en el paraíso. Aquel hombre murió con la esperanza de la vida eterna (Luc. 23:43).

Cuando damos aliento edificamos a las personas y las capacitamos para vivir una vida nueva. Las estimulamos a ver la nueva criatura que Dios quiere recrear.

6. ¿CÓMO CAMBIAR?
Finalmente, si el conocimiento propio condiciona tu conducta ¿Cómo puedes cambiar tu comportamiento? No es fácil para ti sólo, ya que algunos de nuestros comportamientos están fuertemente arraigados en nuestro cerebro, pero podemos intentarlo siguiendo estas pautas:

Detección. Cuando te encuentras en una situación de tensión, algo que ha alterado tu paz interior, es que ahí tú tienes un problema. No culpabilices a quien ha provocado tu tensión, te has alterado porque no has sabido gestionar la situación.
Análisis. Piensa qué te ha pasado, por qué has reaccionado así, qué hubieras podido hacer para sentirte más a gusto con tu conducta, y por qué crees que no lo has hecho.
Acción. Busca alternativas para la próxima vez. Ante una situación parecida ¿Cómo te gustaría reaccionar que te haga sentir bien? Pide ayuda a Dios.

Si no lo consigues con facilidad, no seas duro contigo mismo. Piensa que toda la información que has ido recibiendo desde la niñez se ha ido grabando a nivel bioquímico en tu cerebro, es algo constatado por la neurociencia. Por lo tanto es un aprendizaje difícil sin la ayuda de quien todo lo puede. Pero Dios te puede ayudar a superar esas voces negativas de tu interior. El quiere convertirte en una nueva criatura, en sus manos estás seguro. El te dice: “Porque en mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te amo (Isa. 43:4).

José Luis Lasso
Pastor y Terapeuta Familiar