Sí, has leído bien. El objetivo de este artículo es ilusionar a nuestros hijos para asistir al culto. Ya, ya se sabe, el culto no está adaptado a los niños, no hay actividades especiales para ellos, no hay guardería, son muy largos… Pero todo esto no depende de nosotros, o por lo menos no directamente. Así que llevemos la atención hacia nuestra responsabilidad como padres.

¿Qué podemos hacer que vaya más allá de mantenerlos tranquilos en el banco con unos materiales que hemos seleccionado en casa, acordes con el día y el lugar? ¿Cómo podemos conseguir que sientan que la hora del culto es también para ellos y vayan aumentando progresivamente su comprensión y participación?

Para iniciar nuestra propuesta, nos remitiremos al libro La Educación, de E. G. White. En este libro hay un capítulo precioso que se refiere al valor del sábado como medio educativo (pp. 244-246) y que incluye las siguientes consideraciones en torno al sermón:

Al escuchar un sermón, los padres y los niños deberían anotar el texto y los versículos citados y en lo que sea posible, la ilación del pensamiento, para repetírselos unos a otros en la casa. Esto contribuirá a aliviar el cansancio con que los niños tan a menudo escuchan un sermón y cultivará en todos el hábito de prestar atención y de seguir los pensamientos que se presentan (p. 245).

Un primer aspecto que resalta es la actitud de los padres y los hijos. Se observa, no una actitud pasiva de escucha y de inmovilidad obligatoria, sino una actitud activa, tanto de los padres como de los hijos. El objetivo de esta actitud, como dice al final, no es solo aliviar el cansancio del niño que no puede reprimirse, sino desarrollar el hábito de prestar atención tanto hijos como padres en una actividad común y poder compartir en casa lo que han aprendido.

La estrategia propuesta es la siguiente: Anotar el texto y los versículos citados y en lo que sea posible, la ilación del pensamiento. Algunos diréis: “-Pero, mi hijo no sabe escribir”. Esta propuesta tiene como objeto el fomento de la atención y su progresiva ampliación. La atención de los niños es limitada y proporcional a su edad. Aunque esto es cierto, con las siguientes estrategias, que pueden combinarse entre sí, se puede ampliar la atención:

1. El niño puede ser el encargado de la Biblia y debe avisar al padre cada vez que haya que buscar un versículo. Esto promoverá su atención. Cada vez que esté atento y avise a su padre debe ser elogiado. Si no lo hace, le preguntaremos: “-Cariño, ¿has oído algo de la Biblia? Mira, todos la están abriendo”. Esto le devolverá su atención sin censurarle y le ayudará a resolver el aprieto preguntando al compañero qué versículo se ha dicho. Si el niño no sabe buscar, puede avisar al padre y repetir la referencia del versículo. Hay cultos en los cuales la Biblia se utiliza poco; entonces se debe cambiar de estrategia.

2. El adulto puede hacerle preguntas acerca de lo que escucha. Las preguntas deben ser concretas y con respuestas sencillas. Además, le deben ayudar a comprender el significado del culto: “-Cariño, ¿has escuchado lo que ha dicho? ¿Qué hizo Jesús en la cena? ¿Por qué dice el pastor que lo hizo?” Estas preguntas le harán participar de lo que escucha y, si no las sabe, el padre le ayudará a responder y esto aumentará su atención. Las preguntas pueden ser anotadas por el padre y recordadas por la tarde. Aún recuerdo con cariño a mi padre, que seguía este método. Al llegar a casa después del culto, me subía encima de la mesa del comedor y me volvía a hacer las preguntas del sermón. Si no me acordaba de la respuesta, me daba pistas y siempre me decía lo orgulloso y contento que estaba de que atendiera y aprendiera en el culto.

3. Cuando observéis que la atención va disminuyendo, pedidles que realicen una actividad sobre lo que han aprendido; por ejemplo, un dibujo de Jesús lavando los pies de sus discípulos. Si no saben dibujar, lo podéis realizar vosotros y ellos lo colorearán. Si saben escribir, pueden copiar el versículo citado al comenzar el sermón. Podéis también buscar en la Biblia ilustrada la historia que se está narrando para que vean los dibujos. Lo importante es que se sientan partícipes de lo que están aprendiendo los adultos. Estas actividades pueden atraer su atención durante unos 10 ó 15 minutos.

4. Una vez más relajados, podemos volver al método de las preguntas, siempre entusiasmándolos y resumiendo todo lo que se ha dicho mientras estaban realizando la actividad: “-Cariño, ¿sabes que ha estado contando que Jesús quiere que nos lavemos los pies unos a otros? ¿Recuerdas la Santa Cena? Bueno, pues dice…” Buscad una motivación para volver a atender.

Se puede pensar que esta metodología va a molestar al resto de la iglesia, ya que fomenta el diálogo en lugar de la escucha. No debería molestar si nos acostumbramos a hablar en voz baja. Además, el diálogo lo que fomenta es la escucha y la verbalización de esta escucha. Esta metodología es adecuada para niños pequeños y cada vez aumentaríamos más el tiempo de escucha. Para los mayores, podemos realizar el método que presenta E.G.White.

De todas maneras, no acaba aquí el asunto. En casa se pueden recordar las preguntas y el contenido de la lección, quizás en el culto familiar. Se puede dialogar y extraer una puesta en práctica del culto para realizar durante la semana: “Servir a papá y mamá limpiando el polvo o preparando la mesa, etc.”, “ofrecer siempre mi ayuda cuando me necesiten”. Elegid sólo una norma y ponedla en práctica toda la semana. Para registrarla es útil una plantilla con el nombre de todos los familiares (papá, mamá y el niño) y cada vez que practiquen la norma se les pondrá una pegatina.

Como se ha hablado solo del sermón se sugieren algunas estrategias para el resto del culto:

Himnos: Hay niños que no saben leer, o que leen pero no tan rápido. No importa, pueden cantar. La estrategia consiste en que el padre les dice por anticipado la siguiente frase que cantarán. A lo mejor el niño no la canta toda pero, si insistimos, irá cantando alguna palabra. Debemos valorar positivamente con palabras o abrazos lo bien que ha cantado.

La ofrenda: Antes de salir hacia la iglesia, por la mañana, puede ser el encargado de recoger la ofrenda y darla a papá o mamá para que la guarden. Es bueno que tenga una hucha sólo para la ofrenda y que durante la semana la vaya llenando. De la misma manera, la mamá y el papá tendrán su hucha y el sábado se reunirá la ofrenda y se darán gracias a Dios por ella. Cuando llegue el momento de darla, que cada uno dé la suya: papá, mamá y el niño, todos damos gracias al Señor.

Es una bendición disfrutar con nuestros hijos de este día maravilloso y poner en práctica los consejos de E. G. White de manera constante, ya que el acto hace el hábito, siempre pidiendo la ayuda de Dios. Recordemos que Él ha dejado en nuestras manos la responsabilidad.

Era el plan de Dios que los miembros de la familia se asociasen en el trabajo, y en el estudio, en el culto y en la recreación, el padre como sacerdote de su casa, y él y la madre, como maestros y compañeros de sus hijos. (…) Por medio de este compañerismo, los padres pueden ligar sus hijos a sus corazones y de este modo a Dios con lazos que nunca podrán ser rotos (pp. 244-245).

Patricia Aniorte, maestra de Escuela Sabática