La investigación científica ha demostrado, que la base genética del guisante, la del ratón y la del hombre es, básicamente, la misma y, además, no hay grandes diferencias en su analítica química. Por lo tanto, no tenemos, que digamos, muchos motivos para el orgullo como especie.

Algo sí tenemos que nos distancia cuantitativamente del resto de organismos. En efecto, se dan en el ser humano dos pulsiones antagónicas, que presionan al mismo tiempo: la defensa de las ideas ya aceptadas como válidas, por una parte, y la tendencia a la adaptación a las nuevas condiciones, por otra. El hombre destaca, con una gran ventaja sobre otros seres vivos, en su capacidad de acomodarse a lo nuevo, en la rapidez y facilidad con que se familiariza con la nueva realidad.

Hasta hace muy pocos años, en España no conocíamos la fiesta de Halloween. Ahora, sin embargo, ya la tenemos hasta en la sopa. Acabamos acostumbrándonos a todo lo nuevo. Sobre todo si es objeto de publicidad. Lo vemos día tras día. Las encuestas del CIS únicamente repiten y ratifican lo que los medios de comunicación nos ofrecen como las noticias más importantes («Así son las cosas, y así se las hemos contado»). Sí, es verdad. Existe una cierta aversión intrínseca a la modificación de esquemas conceptuales, un mecanismo de defensa en la cognición humana, que vela por su propia integridad, para que nada pueda desestabilizarlo. Nuestras ideas son de tanta estima, para nosotros, que las defendemos a toda costa cuando nos percatamos del peligro que entraña lo novedoso, todo aquello que amenaza trastocar nuestro ordenado universo interior.

Sin embargo, las ideas cambian y son susceptibles de ser transformadas por las circunstancias, la experiencia, la información nueva que se recibe del exterior. En este sentido, y en nuestra cultura «civilizada», la presión mayor la recibe el ser humano de la pertinaz publicidad. Los mensajes publicitarios enfatizan menos la información que la persuasión. De manera que «si consumes zumos X, tu familia será feliz» o «las manchas enseñan a vivir, porque tienes a tu disposición el detergente lavamás». Así, no informan con claridad sobre sus componentes y destacan aquello que el posible cliente desea oír. Y, poco a poco, nuestras posiciones reacias a determinados artículos giran hacia opiniones favorables a comprarlos y sentirlos como auténticas necesidades.

Llegamos a formar parte de esos consumistas occidentales que aparecen en numerosos informes. Ese consumismo es la acumulación de bienes, con frecuencia innecesarios y superfluos, en ocasiones dirigidos a la ostentación y obtención de un «status». Es entonces cuando las personas nos convertimos en esclavas de las cosas, dominadas por ellas. Estas «necesidades» de nuestra cultura insaciable, evidencian una ridícula vanidad y codicia que terminan por asfixiarnos.

Ahora que nos moveremos con ansiedad por los pasillos de hipermercados y jugueterías, sería una saludable actitud pararnos y repensar qué compramos. No sea que convirtamos a nuestros pequeños en marionetas del mercado, hipnotizados por los mensajes oscuros y engañosos . Aquellos que ansían controlar los bolsillos, e incluso las mentes, de los futuros adultos, llenan sus bolsas con las campañas de cada temporada.

Nuestro relevante y transdisciplinar investigador José Antonio Marina indica, en uno de sus más recientes trabajos, que en muchos países occidentales estamos confiando en exceso en la capacidad de adaptación de los niños. «Estamos obligando a la infancia a enfrentarse, sin recursos, con un mundo adulto que oscila entre la tarjeta de crédito y la brutalidad. Y los que sobreviven aprenden, ciertamente, nuestras mil codicias y nuestro furor» (Aprender a vivir, Ariel, 2004).

Posiblemente, algunos nos creamos que manejamos perfectamente la situación porque somos conscientes de ello, pero acudimos igualmente en riada a dejarnos la piel adquiriendo artículos que no sabemos cuántos días u horas apreciarán nuestros pequeños. Si hemos visto alguna vez la mirada encendida de ilusión en un niño, jugando con un bidón de plástico (su caballo) o con una caja de cartón pintada (su casita), debemos reconocer que no tenemos excusa al provocar nosotros mismos esta inercia consumista .

José Antonio M. Moreno, profesor de Psicología y Pedagogía