Si queremos transmitir cosas buenas a nuestros hijos, dándoles la más elevada educación, preparándoles para vivir una vida con valores, con espiritualidad,… necesitamos a Dios.

Era un hombre sincero, auténtico en su fe y en sus formas. No pertenecía a la nación judía, pero tampoco era necesario. Lo realmente importante es que su devoción verdadera le procuró que un ángel viniera hasta su hogar y le dijera: “tus oraciones y tus limosnas han subido como un memorial delante de Dios”. Éste hombre se llamaba Cornelio y su historia se encuentra en el libro de Hechos de los Apóstoles.

Pero lo que deseo compartir en esta ocasión es la reflexión a la que me inducen las palabras de este hombre cuando contaba su experiencia: “mientras oraba en mi casa vi que se ponía delante de mí un varón con vestiduras resplandecientes”. ¡Qué actitud aparentemente tan denostada en la actualidad! En el momento en que vivimos, con un enorme grado de secularismo, hablar de la oración casi resulta extraño. El ser humano es dueño de su destino, se gana su seguridad y su bienestar, alcanza por sus propios méritos diferentes metas anheladas. ¿Para qué orar? Esto indicaría que necesitamos de alguien y eso parece no querer admitirse.

En nuestros hogares hay mucho más que muebles, TV, alfombras o electrodomésticos. Quizás para manejarnos con éstos no sea tan necesario que alguien nos ayude. Pero cuando se trata de educar, de formar, de corregir, de proteger, de prevenir, de ayudar a crecer a un hijo, o de compartir, amar de verdad, construir un verdadero hogar con nuestro cónyuge, entonces personalmente tengo que reconocer que necesito ayuda de Aquel que creó al hombre a su imagen y semejanza, y que conoce su naturaleza y sus necesidades.

Si queremos transmitir cosas buenas a nuestros hijos, dándoles la más elevada educación, preparándoles para vivir una vida con valores, con espiritualidad,… necesitamos a Dios. Y esa frase de Cornelio (“mientras oraba en mi casa…”), que abrió las puertas a una experiencia poderosa, podría recordarnos que nosotros a través de la oración, de la solicitud a Dios, podemos ser también testigos de grandes y maravillosos acontecimientos en el seno de nuestros hogares.

Uno de los recuerdos más hermosos que puedo tener en mi mente, y que recientemente compartía con uno de nuestros hijos, es la experiencia de estar orando de rodillas en el dormitorio o en el despacho y sentir los pasos de nuestros niñitos –hoy ya mayores– acercándose y poniéndose de rodillas a nuestro lado.

Queridos padres, aprovechemos la sabiduría y el poder que sólo pueden venir de Dios e integremos en la educación de nuestros hijos esos valores y esa espiritualidad tan apremiantemente necesarios en cada hogar y en este mundo actual.

Antonio Martínez Carrión

Director del Ministerio de la Familia de la Unión Española

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