llorando

José Antonio M. Moreno, profesor de Psicología y Pedagogía

“La cultura del presente da mucha importancia a la velocidad y a la eficacia y, en cambio, menosprecia la paciencia y la perseverancia”, (Bauman)

Nuestra sociedad se halla inmersa en la incertidumbre. Casi nada es previsible. Incluso los ciclos estacionales se han alterado. Supongo que los viejos de hoy ya no son capaces de predecir los meteoros como hacían nuestros abuelos al rayar el alba. Las restricciones del espacio y del tiempo que hace unas décadas delimitaban nuestra vida y nuestras costumbres han saltado por los aires. Vamos de aquí para allá con facilidad y las distancias que antes nos separaban se han acortado. La ansiedad y la preocupación que acompañan nuestra actividad diaria nos resultan tan familiares que no soportamos ni la soledad ni el silencio. La vida humana del siglo XXI se caracteriza por la inseguridad y la inquietud que provoca toda esa vorágine de sucesos, cambios y transformaciones de la realidad que contemplamos (o sufrimos). No existen reglas estables y el mundo se nos ha quedado pequeño. La sociedad del hombre se ha convertido en una aldea global, donde una minúscula alteración en cualquier rincón olvidado del planeta provoca cataclismos en el resto. Somos, por lo tanto, más vulnerables. También los modelos o estructuras sociales se han ido desdibujando. Nuestras costumbres, conceptos y creencias se desvanecen y nos sitúan en posiciones no siempre fáciles de conjugar con una perspectiva cristiana. En esta situación resulta difícil llevar una vida estable y en equilibrio. Consecuentemente, la transmisión de valores firmes a las generaciones que nos suceden puede llegar a ser una quimera. El desarrollo social nos conduce “…a una evolución de nuestros puntos de referencia y, en poco más de un cuarto de siglo, hemos pasado de tener perspectivas mentales lejanas (a largo plazo, con valores consolidados como el compromiso, la lealtad o la fidelidad para fundamentar las relaciones y las redes familiares y sociales, que permitían calmar la incertidumbre y la ansiedad) a tener unos horizontes muy a corto plazo, flexibles y fluctuantes” (Sebastià Serrano, Los secretos de la felicidad, 2007). Lo que hoy es, probablemente quedará desfasado mañana.

Cada vez más especialistas están señalando las consecuencias probables de vivir en estas condiciones. Por una parte, esta vertiginosa sucesión de acontecimientos nos impide readaptar nuestras seguridades con el mismo ritmo y, por ello, nos causa inestabilidad y turbación. Nos hemos acostumbrado a las soluciones rápidas, a las píldoras que nos quitan el dolor, a la comida precocinada que nos ahorra el tiempo de preparación, a los préstamos del «compra hoy y paga dentro de 6 meses», a no prescindir de nada si lo puedes tener todo desde ya mismo (hipotecándote hasta las cejas, claro). Estamos en presencia de un montón de estímulos simultáneos. Nuestro entorno desafía constantemente nuestra capacidad de retener el interés en algo. Se fomenta la necesidad de tener que hacer varias cosas al mismo tiempo. Mientras paseamos, alguien nos llama al móvil y, sin dejar de caminar, nos enredamos en una conversación. Mientras tanto, saludamos a nuestro vecino que se cruza con nosotros y, sin parar, entramos con el teléfono en la mano en una cafetería en la que hemos quedado con unos amigos a los que no veíamos hace tiempo (y a quienes, por supuesto, hacemos esperar, pues todavía no nos hemos despedido de nuestro interlocutor).

Otro factor al que hemos otorgado un poder desmesurado es la imagen. Sobre cualquier otro soporte para transmitir información, prevalece el medio visual y éste afecta a una gran parte de nuestras funciones vitales. Los medios de comunicación más innovadores y actuales se basan, preferentemente, en la estimulación de los canales visuales. No tienen el propósito de facilitar el razonamiento y la reflexión. Los periódicos destacan en grandes titulares lo que desean transmitir, pues saben que es poco más lo que se lee. Preferimos las lecturas breves y los artículos cortos. Perdemos la paciencia con las ambigüedades y exigimos respuestas inmediatas. Todos sabemos lo difícil que es leer en una pantalla de ordenador. El mundo de Internet está compuesto sobre todo de imágenes, pues aparte de las fotos, colores, alguna palabra destacada y mucha animación, nada captará la atención del “navegante”. Desde el punto de vista del desarrollo, es normal que en los niños prevalezca lo visual sobre cualquier otra forma de presentación. Pero cuando se trata de adolescentes y adultos, puede ser preocupante. Algunas investigaciones han concluido que el dominio de la imagen y la presentación simultánea y rápida de tareas está favoreciendo nuestra capacidad de encontrar y manipular información pero, al mismo tiempo, impide la concentración y la reflexión (Carl Honoré, Bajo presión, 2008). A diario aparecen publicaciones sobre el tipo y estilo de juventud que estamos forjando de esta forma. Victoria Camps señala que tenemos “…una juventud que no lee, que no adquiere el gusto por el estudio, que sólo busca resultados inmediatos y tangibles y a la que le cuesta pensar en el futuro porque sólo atiende al disfrute del presente” (Creer en la educación, 2008).

Queremos soluciones rápidas, definitivas, blanco o negro, conclusiones claras, bricolaje filosófico, libros de autoayuda que mejoren nuestra calidad de vida pues no hay tiempo que perder en análisis profundos. Nuestros diálogos y conversaciones han de terminar de manera precisa e indiscutible. Pero la vida enseña algo distinto: que solo se aprende de verdad mediante el esfuerzo y a través de tiempos más largos que los que nuestra impaciencia anhela. No se trata simplemente de ponerse en contacto con una nueva información; hay que aprehender, asimilar, integrar ideas y experiencias. Esta capacidad de modificar esquemas de conocimiento necesita periodos de calma y reflexión. Nadie transforma sus ideas de forma súbita. Necesita comparar, analizar ventajas e inconvenientes, preguntarse por sus consecuencias. Y únicamente después de este proceso, más o menos largo, si por algún motivo o resorte psicológico concluye que sus esquemas mentales salen favorecidos, aceptará sustituir o corregir sus “verdades”.

En fin, que nuestros hijos no serán más felices ni más eficaces por tener más medios disponibles, o por llenar su tiempo de muchas actividades diversas; su experiencia tampoco saldrá enriquecida por alcanzar de inmediato sus objetivos. Desde nuestra responsabilidad de padres y madres, podemos intentar situarlos en un terreno en el que su esfuerzo y su paciencia sean estimulados, sin pretender resultados rápidos, asumiendo con calma los procesos naturales del desarrollo personal. Unos objetivos dignos no se alcanzan jamás de forma apresurada.

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