En el ámbito del comportamiento entendemos por coherencia el equilibrio entre los principios que se exponen como regidores de nuestra conducta y la conducta explicitada en ese mismo comportamiento.

Cuando exponemos esos principios, concurre gran variedad de interferencias que condicionan la exposición en un sentido u otro: los valores culturales, los rasgos sociales, las normas morales, el rol que se ejerce en la familia, el trabajo y la sociedad. Intentamos que haya una correspondencia entre lo que somos y lo que se espera que seamos y nos perdemos en los entresijos de la imagen proyectada y la aceptación de los otros.

A nivel educativo, la coherencia es un valor estructural fundamental. Estructural, porque permite hacer crecer, de forma duradera y armoniosa, la educación que vamos a recibir y transmitir durante toda nuestra existencia. Fundamental, además, porque aporta la solidez necesaria para que la base de la educación cumpla con su función primordial de sostener social, cultural y espiritualmente a los individuos que participan de ella. La coherencia, pues, se convierte en la vivencia de valores, en pensar y actuar bajo los mismos principios rectores.

Desde un punto de vista gramatical, “coherente” es el adjetivo por antonomasia, un adjetivo calificativo. Como todo calificativo, añade una condición al sustantivo al que acompaña, pero no altera su esencia sino su presencia. Aunque lo llamamos calificativo, no siempre califica con un juicio, sino también con una circunstancia. La circunstancia, “coherencia”, contextúa en su auténtico ser a la educación.

Cuando padres y educadores se encuentran ante su descomunal tarea se observa una tendencia a favorecer la información sobre la formación, provocando en los que reciben esa educación un sentimiento de carencia de finalidad que produce hastío y falta de motivación. En lo vivencial, se evidencian esfuerzos por completar unos objetivos más curriculares que formativos para la vida real y esto constituye una enorme falta de coherencia que muchos apreciamos. Además, se percibe una distancia insostenible entre lo académico y lo moral, lo que se enseña y lo que se vive.

Nuestra forma de vida se ha convertido en algo absolutamente individual. Se trata de una herencia que, aunque aparece en la época moderna, se ha desarrollado con el renacimiento, la reforma y la ilustración tomando al individuo como aislado de los otros, desgajado de lo colectivo. Se piensa, bajo las premisas de un racionalismo añejo, que las personas son islas que sólo conforman archipiélagos cuando lo deciden, llegándose incluso al radicalismo de M. Stirner. Sin duda, en una mentalidad cristiana esto resulta constitutivamente incoherente.

Es muy cómodo pensar que podemos controlarlo todo individualmente, en independencia. Se trata de una forma bastante infantil de negar la alteridad. Por otro lado, están los que piensan que somos tan dependientes que nos convertimos en el fruto de la acción de la sociedad o de una deficiente educación. Como si el hombre careciera de conciencia crítica y no pudiese objetivar su voluntad mediante un cambio de comportamiento frente a los condicionantes externos. Sin embargo, disponemos de infinidad de testimonios de personas que transformaron sus vidas ejerciendo su libertad en condiciones abyectas, aunque la influencia de esos factores ajenos pudiera haber sido determinante.

En la esfera más íntima en la que se mueven los padres y los hijos, y que constituye la esencia de la sociedad y su sustento primero, la coherencia es el ingrediente fundamental para que se dé el respeto. Y este último constituye el entorno ideal para que existan y se reconozcan los límites necesarios en una educación satisfactoria.

El profeta Ezequiel recoge en sus escritos un refrán que se decía en Israel y que debe ser contextualizado evitando extrapolarlo de forma poco conveniente: “No se dirá más en Israel los padres comieron uvas silvestres y los hijos tuvieron dentera”. Ezequiel reflexiona acerca de la responsabilidad en las decisiones individuales y sus consecuencias últimas, las cuales deben ser asumidas de forma particular sobre la base de la libertad individual.

Este pensamiento no excluye la responsabilidad en el ejercicio de las actividades que recaen sobre los otros, como la educación, que tiene su ser en una alteridad irreductible. Cuando la educación se proyecta en forma coherente, el que la recibe aprende una lógica de actuación que posteriormente descubrirá en el desarrollo de los principios que hacen nacer sentimientos (de vinculación o rechazo) y que influyen contundentemente en la relación del educador con su educando. Cuando un padre fumador riñe a su hijo porque fuma, no sólo se despoja del respeto, sino que la incoherencia de su comportamiento lo hace poco creíble y esa falta de credibilidad se traduce en falta de respeto y en un criterio impositivo y aparentemente arbitrario que genera rencor.

La coherencia no debe hallarse únicamente en el proceso, sino que, de forma más evidente, debe formar parte de la ontología misma del hecho educativo. En muchos casos, se educa por miedo; en otros, se educa como parte de un proceso evolutivo de finalidad incierta. Pero el único principio original válido para una educación coherente, y por ende efectiva, es el amor. El amor se constituye en sustento razonable y razonado de una educación en valores. Aprender de forma afectiva es el medio más efectivo de aprender.

No es posible una educación en la que no se den fenómenos de transferencia entre los individuos que participan de ésta. Esa transferencia afecta necesariamente a los sentimientos y se manifiestan reacciones emocionales. En estas reacciones existen dos partes. La primera es la propia reacción, que es una respuesta automática. Esto no significa que no podamos controlar nuestras emociones, sino que ejercemos muy poco control sobre nuestra reacción inicial. Pero después pasamos de reaccionar emocionalmente a actuar emocionalmente y los recuerdos que generamos quedan grabados en la mente, de modo que nos ayudarán a actuar de forma más programada en la próxima experiencia, como si de fotogramas se tratase, los fotogramas del gran largometraje de nuestra educación.

Pasiones, sentimientos y razonamientos forman parte de lo que somos. El amor aporta a la educación un contenido apasionado y emocional que la hace más humana y vivencial, más comprensible y auténtica; en definitiva, más coherente con lo que somos y significamos.

Antonio López Postigo, pastor y profesor