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Honoré, Carl, Bajo presión. Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente, RBA Libros, Barcelona, 2008

El autor de Bajo presión es un periodista escocés, conocido por el gran público en nuestro país a raíz de la publicación de su anterior libro, Elogio de la lentitud. Para realizar su investigación, ha viajado durante dos años por Europa, América y Asia analizando la situación de la infancia en la actualidad. Explora el porqué del fracaso del modelo infantil actual y ofrece propuestas de todos los rincones del mundo para ayudarnos a encontrar una solución. Aunque nos ha parecido que su lectura tiene mucho más sentido si nos referimos al sistema educativo anglosajón, indudablemente sus reflexiones se acercan cada vez más al nuestro.

Durante generaciones, crecer fue una tarea fácil: ibas a la escuela unas horas al día, practicabas deporte y tenías alguna afición, y el resto del tiempo jugabas. O quizá soñabas despierto. Carl Honoré explica cómo nuestro moderno enfoque de la infancia es todo un fracaso: nuestros hijos están más obesos, miopes, deprimidos y medicados que cualquier generación anterior. Usando a los niños como forma de revivir nuestra propia vida, o para compensar nuestras frustraciones personales, hemos destruido la magia y la inocencia de la niñez. Bajo presión no es un manual para padres, sino una llamada a la acción: podemos hacerlo mejor. Para ello hay que desacelerar el ritmo, rebajar la tensión y la angustia, prescindir de la competitividad y crear espacios existenciales y relacionales donde sea posible la vida inteligente, emotiva y propia.

Cuando el joven Mozart hizo prodigios que se pusieron de moda en el siglo XVIII, muchos europeos educaron a sus propios chicos con la esperanza de conseguir niños prodigio. Hoy día, sin embargo, la presión por conseguir lo mejor de nuestros niños parece que consume todo el tiempo disponible.

Como padres, sentimos el empeño de empujar, modelar y educar a nuestros hijos con un celo sobrehumano para darles lo mejor de todo y hacer de ellos los mejores para todo. Pensemos en la colección de DVD de Baby Einstein o en la de yoga para niños; en el último modelo de iPod; o en los GPS con dispositivo de localización para las mochilas; clases de ballet, de fútbol, de cerámica, de yoga, tenis, rugby, piano, yudo. Sentimos que fracasamos si nuestros hijos sufren de algún modo y no brillan como artistas, profesores o atletas.

En todo el mundo, esta forma de controlar al milímetro la educación de los niños es conocida con diferentes nombres. Algunos la llaman “hiperpaternidad”. Otros hablan de padres helicóptero, porque siempre están vigilando. Los canadienses bromean con los padres quitanieves, que marcan un camino perfecto en la vida de sus hijos. Incluso en los países nórdicos, donde se supone que viven gloriosamente relajados, se habla de padres curling: mamá y papá despejando frenéticamente el hielo por delante de su hijo.

Está claro que no todas las infancias son iguales. No se encuentran muchos niños superprotegidos en los campos de refugiados de Sudán o en las chabolas de Sudamérica. Incluso en los países desarrollados hay millones de jóvenes, sobre todo entre familias humildes, que tienen más probabilidades de padecer un déficit de protección que de estar sobreprotegidos. Seamos honestos: la mayoría de los padres helicóptero procede de la clase media. Aunque ello no significa que este rasgo cultural afecte solamente a la gente acomodada.

Los capítulos y tópicos que aborda Bajo Presión son amenos y bien documentados. Algunos de los temas que nos han parecido interesantes son:

 La idea que, a lo largo de la historia, se ha tenido de la infancia, de su cuidado y de la ansiedad por sus riesgos.

 El estatus de los niños como artículo escaso y valioso, así como los procesos del desarrollo infantil.

 La importancia del juego y los juguetes educativos.

 La sobreestimulación a la que se somete a los niños con todo tipo de pantallas y sus repercusiones positivas y negativas.

 Posibles explicaciones en torno a los mejores resultados académicos que arrojan las conocidas pruebas PISA.

 El sentido de los deberes escolares y las soluciones a las que han llegado en diferentes lugares del mundo para mejorar el rendimiento.

 Las claves para entender a los padres de hoy, que buscan especialistas de todo tipo para resolver los problemas de sus hijos.

 Las celebraciones, la diversión, la felicidad y el aprendizaje de las actividades comunes que realizan los niños de hoy.

 Las actividades extraescolares, los deportes, el consumo, las modas, etc.

El autor concluye su investigación aportando una serie de principios básicos para la educación de los hijos adecuados a las distintas clases y culturas:

“…los niños necesitan sentirse seguros y amados, necesitan nuestro tiempo y atención, incondicionalmente, necesitan fronteras y límites, necesitan espacio para arriegarse y equivocarse, necesitan pasar tiempo al aire libre, necesitan que les puntuemos y midamos menos, necesitan comida saludable, necesitan aspirar a algo mayor que tener el próximo cachivache de marca, necesitan margen para ser ellos mismos. Pero dicho esto, los detalles varían: cuántas actividades extraescolares, cuántas horas frente al ordenador, cuántos deberes, cuánto dinero de asignación, cuánta libertad. Como todos los niños y padres son distintos, cada familia debe hallar la fórmula que mejor se adapte a ella. No es tan complicado como parece: puede conseguirse si se apaga el ruido de fondo y se hace más caso de la intuición, si se busca un modo propio de ser padre en vez de tratar de estar a la altura del de otros. Claro que nuestro consejo de experto puede ser de ayuda, pero por muchos manuales que se lean y por muchos talleres de paternidad a los que se asista o por mucho esfuerzo que se ponga en ser la Madre o el Padre del Año, siempre nos quedaremos cortos. Y tampoco hay ningún problema en eso. No hay que sentirse culpable por perder los nervios, o por aburrirse jugando a Barbies o porque esta tarde no podamos preparar madalenas. O porque no se pueda comer siempre en familia y a veces se les permita a los niños ver más televisión de lo que parece aconsejable. Los niños pueden encajarlo. […] se debe encontrar una nueva definición de infancia. Tal vez lo que más necesitamos es una amalgama de la filosofía romántica y la de Locke: aceptar que la infancia es un ensayo general para la edad adulta pero no siempre tratarla como tal ensayo. Eso implica aportar a los niños una estructura y una orientación junto con parte de su libertad que encontrarán en el País de Nunca Jamás. También implica planificar el futuro sin perder la magia del presente. En lugar de cocer un pastel con sus hijos porque les familiarizará con las nociones de peso, volumen y aritmética, o besuquearse con el bebé porque eso reforzará su córtex prefrontal, hágalo por la simple alegría de hacerlo. Deje que los efectos del desarrollo se arreglen por su cuenta”. (p. 271)