historias-gorroLa puerta se cerró con un fuerte golpe. Ana había discutido con su mamá y salió muy enojada de casa. Estaba decidida a huir.
Mientras caminaba, pateaba piedrecitas y se decía así misma. “Así no va más. Todos quieren decidir por mí y mangonearme. ¡Ana, haz esto!. ¿Aún no se dieron cuenta de que no soy más un bebé?”.
Ana no percibió que alguien se aproximaba. Se llevó un gran susto cuando oyó: – ¿Me puedes ayudar?. Al darse vuelta, Ana vio a un niño con un gorro en la cabeza. El debería de tener la misma edad que ella.

Estaba vestido con ropas sucias y rotas; sus uñas estaban inmundas; sus ojos eran muy tristes.
– ¿Estás triste? – le preguntó Ana al niño.
– Soy así – contestó él – Y tú pareces molesta.
– Sí, estoy mal con los de mi casa.
– Sé lo que quieres decir – dijo el niño. Tu padrastro te golpeó, ¿verdad?.

Ana se admiró:
– No, yo no tengo padrastro.
El niño continuó:
– Entonces, tu madre te dijo que volvieras a la calle, para conseguir dinero. O alguien te ofendió. ¿Acerté?
– Ni una cosa ni la otra – contestó Ana – En mi casa, nadie dice malas palabras.
– ¡¿No?! – se admiró el niño – Entonces ¿cómo te molestaron?


Ana decidió contar sus problemas.
– Ahora que el abuelo murió, mi abuela vino a vivir con nosotros. Tuve que compartir mi cuarto con ella. ¿Sabes lo que es tener una abuela todo el tiempo preguntándote qué quieres, si quieres oír un relato, merendar, conversar o …?
– No lo sé – dijo el niño -. Nunca tuve una abuela ni un cuarto.
Ana estaba tan entusiasmada en su desahogo, que ni siquiera oyó bien lo que el niño le dijo y continuó hablando:
– Mi padre siempre me está diciendo que tengo que estudiar; mi madre diciéndome que ordene mis ropas en el armario; mi hermano toca mis juguetes. Hasta la empleada se mete en mi vida, queriendo que coma la comida que ella hace. ¡Ya estoy cansada de eso!. Tengo ganas de huir de casa y de mi familia.
De repente, Ana dejó de hablar porque se dio cuenta de que el niño lloraba mucho, y se preocupó.
– ¿Por qué estás llorando? ¿Te sientes mal?

El niño sollozó y contestó:
– Yo quisiera tener tu vida y una familia igual a la tuya….a la que yo le importara. A nadie le importo. Vivo por las calles, porque no tengo casa ni familia. Como lo que encuentro en los basureros. Sólo tengo las ropas que ves. Nunca fui a la escuela. Siempre quise tener una muñeca.
– ¿Una muñeca? Pero si eres un niño, ¿por qué …?
Antes de que Ana completara su pregunta el “niño” se sacó el gorro de la cabeza.
– ¡Eres una niña! – dijo Ana – ¿Por qué dejas que las personas piensen que eres un niño?
– Porque ya vi cosas muy feas que les sucedieron a niñas mayores; no quiero que ocurra lo mismo conmigo. Es verdad que los niños me golpean, principalmente a la hora de conseguir comida; pero las niñas tiene que hacer cosas mucho peores. Bueno, … creo que ya te hablé demasiado. ¿Tienes o no unas monedas para mí?.

Ana no podía hablar. Estaba conmovida. Solamente negó con la cabeza.
– Entonces, me voy.
La niña puso el gorro en su cabeza y ya se iba, cuando….
– Espera – llamó Ana – ¿Tienes amigos?
– Nadie es amigo de nadie aquí.
– Quiero ser tu amiga – Insistió Ana.
– Siempre estoy aquí. Nos vemos otro día.

La niña bajó la calle corriendo y desapareció en la primera esquina.
Ana miró a los costados. No estaba lejos de casa. Decidió volver.
Cuando llegó, entró por la puerta de atrás, pidió disculpas a la mamá y le contó acerca del encuentro con la niña mendiga.
La señora Celeste dijo que, si Ana deseaba, podrían darle algunas ropas y juguetes a la niña. Podrían traerla para comer con Ana. Con el tiempo, quizás, hasta encontrarían una familia para ella.
Por supuesto que Ana deseaba eso. Esperaba poder reencontrar al “niño” del gorro, que ella sabía que era una niña, y contarle las novedades.