¿Tenemos una buena salud mental? ¿Cuáles son los indicadores más fiables?¿Estamos transmitiendo a nuestros hijos principios y actitudes sensatos en un mundo que parece haber “superado” la fe? Las corrientes psicológicas humanistas están defendiendo principios de salud mental que siempre han estado en la Biblia.

A menudo tememos estar educando a nuestros hijos en valores anacrónicos, asumiendo conceptos absurdos que nadie “en su sano juicio” mantiene. Uno de los argumentos principales contra la visión cristiana de la vida consiste en afirmar que quienes se mueven en ese terreno llevan una vida inestable, alejados de los problemas reales, con puntos de vista estrechos, con prejuicios sobre las personas, etc. Resulta indudable que muchos de los cristianos han sido (y seguramente son) ejemplos que ilustran a la perfección esa acusación. La Biblia, no obstante, es una potencia que promueve la salud integral, el equilibrio en la concepción de la vida, el respeto por quienes no la comparten, el cuidado de los recursos naturales, la protección hacia los débiles, marginados o pobres, el estímulo por mejorar como personas… Y, por supuesto, enseña que nuestra vida no es simplemente un momento en el tiempo y en el espacio, que se marchita y muere en el ciclo sin final de la naturaleza; la Biblia, además de fomentar una salud mental y física equilibrada, enseña que el mundo ha sido creado por Dios, que no estamos abandonados en un frío universo, que la justicia prevalecerá sobre las miserias… Y todo a pesar de vivir inmersos en la imposibilidad de entender lo que nos ocurre. En las diferentes escuelas de la Psicología actual encontramos, con detalle, criterios sobre la salud mental de las personas. En todas ellas descubrimos principios con los que no solo nos podemos identificar, sino que además se pueden explorar a lo largo de la Escritura. También resulta evidente que los principios de salud mental, generalmente aceptados por las corrientes psicológicas humanistas, no son completos. En nuestra opinión, omiten (quizás eluden) la referencia a Dios como elemento integrador de cualquier reglamento para lograr una vida saludable. Reflexionar sobre estos principios nos puede ayudar a mejorar nuestra vida, nuestras relaciones con los demás, nuestra felicidad, etc.

1. INTERÉS EN SÍ MISMOS

Los seres humanos parecen tener interés intrínseco en su propio bienestar. Hans Selye ha argumentado que el deseo de ser feliz es uno de los más importantes impulsos que motivan la existencia humana. Todos los seres vivientes procuran en primer lugar su propio interés. De acuerdo con los criterios de la terapia racional emotiva, uno de los rasgos de las personas mentalmente sanas es el interés en sí mismos y la búsqueda de su propio bien, al que sitúan por delante del interés por los demás. En muchas ocasiones, hemos oído que los buenos cristianos son personas desprendidas, que se olvidan de sus propios intereses, se dan por entero a los demás y no piensan en ellas mismas. Pero, si reflexionamos bien, la Escritura enseña que debemos ocuparnos también de nosotros mismos: de nuestro cuerpo porque es templo del Espíritu Santo y forma parte de un culto humano y racional hacia Dios (Romanos 12:1); de nuestras capacidades mentales, que también nos fueron otorgadas a imagen de Dios; de nuestra vida espiritual porque no nos conformamos con llevar una vida exclusivamente centrada en temas intrascendentes o superfluos (Romanos 8:1). Las personas sensatas y emocionalmente sanas suelen interesarse por sí mismas, incluso amarse (Levítico 19:18), y sitúan sus propios intereses como un valor importante, esencial, para disfrutar de la vida que el Señor les da. Se esfuerzan, trabajan por otros, incluso se sacrifican hasta cierto punto por aquellos a quienes aman, pero evitan que esto les anule como personas. Dios desea nuestro bienestar y nuestra alegría, al mismo tiempo que nos recomienda pensar en el sentido último de nuestra vida (Eclesiastés 11:9).

2. INTERÉS EN LOS DEMÁS

Al igual que el interés en sí mismo, el interés social también es inherente al ser humano. Ambos tienen raíces biológicas, puesto que la colaboración entre las células del cuerpo promueve la supervivencia de cada célula individual y hace posible que el organismo completo funcione. Bienestar individual y bienestar colectivo son aspectos complementarios y no contradictorios, ya que mantienen relación de reciprocidad. La atención puesta en uno repercute inmediatamente en el otro. El interés social es racional y positivo, porque la mayoría de las personas optan por vivir y divertirse en una comunidad y grupo social; si no actúan moralmente ni protegen los derechos de los demás, perjudican la vida en sociedad y es poco probable que lleguen a crear esa clase de mundo en el que ellos mismos puedan vivir cómoda y felizmente. Trabajar por otros y procurar la felicidad de nuestro prójimo es el principal mandamiento de Cristo después del amor a Dios. Además, supone el principio por el que el Señor juzgará a los seres humanos (Mateo 25).

3. AUTODIRECCIÓN

La gente sana asume la responsabilidad de su vida a la vez que coopera con los demás. Estas personas no piden ni necesitan demasiada ayuda de los otros, eligen sus propias metas, persiguen sus objetivos más que esperarlos o añorarlos, toman sus propias decisiones aunque busquen consejo y no condenan a los demás cuando las cosas no salen como esperaban. No se pasan la vida exigiendo de otros la atención que piensan que merecen, sino que procuran controlar lo que les sucede sin atribuir sus propios éxitos o fracasos a los demás. Lo que les ocurre se debe, principalmente, a ellos mismos, a su propio comportamiento y no a otros. No culpan a los demás de sus errores. Los sucesos de su vida se relacionan, en primer lugar, con la ley de causa y efecto. Sin embargo, existe un margen para lo imprevisible. Nuestro mundo no está gobernado por inexorables leyes mecánicas sino que hay un grado de causalidad fortuita. Algunas cosas están fuera de nuestro control y lo que podemos hacer para influir en ellas queda limitado. Lo que evidencia una buena salud mental es la asignación de las contingencias vitales a nosotros mismos y no a maquinaciones intencionadas de quienes suponemos que nos quieren mal, como revelan las ideas enfermas de quienes padecen alteraciones mentales. Las Escrituras indican que lo que nos sucede es, ni más ni menos, la cosecha de lo que sembramos (Eclesiastés 11:1). Nuestro Dios nos ha concedido capacidades mediante las que dirigir nuestra vida. Si pensamos que somos marionetas en manos del azar, o criaturas manipuladas por extrañas fuerzas superiores, estamos deshonrando al Creador. Ni siquiera Dios mismo traza los caminos concretos por los que hemos de transitar. Aunque es cierto que estamos llamados a la vida eterna que nos ha prometido, no tiene planes individuales ni itinerarios previstos para cada uno de nosotros; esto sería contradictorio con el libre albedrío con el que nos creó. Nos ha otorgado dones a su imagen y semejanza, nos ha dado inteligencia para decidir nuestros propios sueños y aspiraciones, nos hace autónomos y responsables, nos hace depositarios de talentos para usar en nuestro propio beneficio y en el de nuestro prójimo (Génesis 1:27).

4. TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

Las personas mentalmente sanas se otorgan a sí mismas y a los demás el derecho a equivocarse. Se abstienen de condenarse o de condenar a otros por un comportamiento inaceptable u ofensivo, incluso aunque les desagrade mucho esa conducta. Tratan de cambiar las condiciones adversas susceptibles de ser modificadas, aceptan las que no pueden alterarse, y tienen la sabiduría de diferenciar unas de otras. Hemos de reconocer los errores para repararlos. Es cierto que, en muchas ocasiones, no existe mejor maestro que la equivocación, puesto que nos ayuda a ser conscientes de los caminos que seguimos. La Biblia nos enseña los errores que cometemos, y Dios no deja que nos hundamos en una profunda depresión por ello. La Escritura nos auxilia para que reconozcamos nuestro valor real, para saber que Dios se ha acercado a nosotros, nos comprende y nos anima a esforzarnos para corregir errores, evitando creencias irracionales que nos perturban y desdibujan la realidad que vivimos. No se trata de quitar importancia a nuestras faltas, sino de darnos motivos para continuar mejorando como personas y desarrollar nuestra madurez como hijos de Dios (1 Juan 2:1).

5. FLEXIBILIDAD

La gente sana y madura suele ser de ideas flexibles, abierta al cambio. Acepta la diversidad y no es fanática cuando emite opiniones sobre los otros. No dicta reglas fijas o rígidas para sí misma ni para los demás. Resultan improcedentes las actitudes de prepotencia y obstinación de algunos cristianos para quienes no existen las dudas de ningún tipo, que piensan tener respuesta a todas las preguntas, que zanjan cualquier tipo de discusiones sin escuchar a quienes pueden tener criterios diferentes. La Biblia nos ayuda a ser humildes y a aceptar nuestras limitaciones como seres humanos (Proverbios 3:7). Si pretendemos poseer las soluciones a todos los problemas por esa misma infundada seguridad que parecen tener ciertos creyentes fundamentalistas, estamos representando de manera inadecuada el auténtico espíritu cristiano que se caracteriza por un corazón humilde, consciente de sus limitaciones y dispuesto a aprender permanentemente (Mateo 5:3).

6. ACEPTACION DE LA INCERTIDUMBRE

Los hombres y mujeres sanos aceptan la idea de que vivimos en un mundo de probabilidades y en continuo cambio, donde no existe la certeza absoluta y probablemente nunca existirá. Nuestro mundo está repleto de incertidumbres. El libro de Sebastià Serrano, Los secretos de la felicidad (Círculo de Lectores, 2007, p. 67), nos muestra este paisaje con lucidez: “…un mundo atrapado por la incertidumbre, en el que todos nos sentimos cada vez más inseguros, más frágiles y más vulnerables. Además, esta aceleración nos ha llevado a una evolución de nuestros puntos de referencia y, en poco más de un cuarto de siglo, hemos pasado de tener perspectivas mentales lejanas (a largo plazo, con valores consolidados como el compromiso, la lealtad o la fidelidad para fundamentar las relaciones y las redes familiares y sociales, que permitían calmar la incertidumbre y la ansiedad) a tener unos horizontes muy a corto plazo, flexibles y fluctuantes.” Hemos de aceptar esta situación de inseguridad y adaptarnos a vivir en condiciones de cierta inestabilidad. Los niños necesitan un grado de seguridad mayor que los adultos para llevar una vida equilibrada y sana, ya que la certeza de la protección paterna es una de sus prioridades vitales. Sin la confianza en ese amparo, los niños sobreviven vulnerables, a merced de toda clase de temores. El adulto, sin embargo, es consciente del mundo inestable en el que vive, pero precisa mantener la firmeza y la esperanza de que algunos valores son inalterables, con validez permanente. La Escritura nos indica que en este mundo siempre sufriremos la aflicción de contratiempos, adversidades e incertidumbre (Juan 16:33), pero Jesús nos promete una paz que nadie más puede darnos, aunque vivamos en condiciones de inseguridad (Juan 14:27).

7. COMPROMETERSE EN OCUPACIONES CREATIVAS

Para la mayoría de las personas resulta saludable y satisfactorio implicarse de forma vital en algo fuera de sí mismos y, a poder ser, tener al menos algún interés creativo. En ciertos individuos, este interés es de tipo humanitario, y lo consideran tan importante que organizan en torno a él buena parte de su tiempo. El trabajo por los demás es una buena razón por la que vivir. Dedicar esfuerzos a ayudar a otros redunda en un beneficio evidente para la comunidad en la que se vive y para el mundo en general. Al mismo tiempo, repercute en la mejora de la propia salud física y mental, como resultado de un profundo sentimiento de satisfacción personal. Dios no nos ha dado capacidades para que sean asfixiadas, sino para desarrollarlas y darles expresión. Las posibilidades con las que el Señor dotó al ser humano no se agotan en el pobre mundo que hemos construido. Por el contrario, las personas disponen de un poder creativo apenas explorado. Si tuviéramos presente el principio de cuidar y guardar la tierra que Dios nos ha dado, viviríamos en sociedades más justas, con riquezas compartidas, aire respirable y colores más puros; si fuéramos el guarda de nuestro hermano, veríamos más saludos, más sonrisas, más oportunidades para hacer el bien, y menos puñaladas por la espalda y crisis financieras. Resulta curioso escuchar de políticos y economistas que el origen de la crisis económica mundial se sitúa en la avaricia, en el deseo desmedido de ganar dinero, en el olvido de los pobres, en la opresión que se ejerce sobre los más desfavorecidos. Seguir los principios que el Señor nos ha dado comporta la promesa de favorecer una sociedad más justa y supone el pilar básico de una buena salud física y mental (Deuteronomio 4:6).

8. PENSAMIENTO CIENTÍFICO

Los individuos con una buena salud mental tienden a ser más objetivos, científicos y racionales que los que tienen alguna alteración. Aplicar el principio de la objetividad y de la lógica ha sido, a menudo, menospreciado por los creyentes, que han atribuido a las Escrituras una autoridad en materia científica. Como la ciencia depende, necesariamente, de los progresivos descubrimientos, de las hipótesis de los especialistas y de las suposiciones de quienes pretenden conocer los misterios de la vida, en ocasiones no ha resultado concordante con las aparentes afirmaciones bíblicas. Igualmente, los teólogos del momento han forzado a la Escritura hasta hacerle decir cosas que, en realidad, no dice, por lo que ciencia y religión han resultado ser, casi en cualquier tiempo, enemigos irreconciliables. Pero los creyentes no tienen por qué negar lo racional. Una mente sana no debe prescindir de la objetividad y la razón, no ha de empecinarse en ideas insostenibles si no pueden argumentarse debidamente. La Biblia no es tan insensata e irracional como los que dicen creer en ella. Por otra parte, la vida cotidiana depara múltiples oportunidades para plantearse el mismo criterio. Dios interviene en nuestro mundo, desde luego, pero no como queremos nosotros que lo haga. El Señor hace cosas que no entendemos (Job 37:5). Un cristiano no debe abandonarse o arrojarse en manos de una providencia erróneamente entendida, pensando que el Señor le indicará detalladamente todo lo que deba hacer cada día. Dios nos ha dado una inteligencia para que la usemos y un libre albedrío para tomar decisiones propias. Todo ello sin negar lo evidente, dejando el prudente margen para posibles desaciertos, imprescindibles por otra parte para un verdadero aprendizaje y el desarrollo de una madurez adulta.

9. AUTOACEPTACIÓN

Uno de los criterios que más consenso reúne en la psicología actual es el de la autoaceptación. Este concepto deriva de otro: la autoestima. Se trata de la aceptación o rechazo que acompaña a la valoración que hacemos de nosotros mismos. Asumir o aceptar las propias ideas o sentimientos es una necesidad emocional básica. Al mismo tiempo, poder darles expresión y compartirlos, resulta imprescindible para disfrutar de una adecuada salud mental. Sentirse bien consigo mismo no sólo es la base de un carácter y comportamiento equilibrados, sino también una de las claves de la felicidad y la superación personales. El psiquiatra Luis Rojas Marcos (La autoestima, Espasa, 2007, p. 24) matiza, no obstante, las supuestas bondades de una alta autoestima al señalar: ” Cuando hablamos, pues, de alta autoestima es impor­tante distinguir la autoestima saludable o constructiva de la autoestima narcisista o destructiva. La autoestima saluda­ble consiste en la valoración global positiva, razonable y optimista que hace la persona de sí misma. Para hacer esta autovaloración la persona elige y sopesa sus virtudes, de­fectos, capacidades, limitaciones, y también las consecuen­cias gratificantes de sus comportamientos para su sano bie­nestar y desarrollo, y el de los demás. Por el contrario, la alta autoestima narcisista o destructiva se basa en valorar, en exclusiva, las capacidades y talentos que alimentan el sentimiento de superioridad o de poder sobre el prójimo, y las conductas placenteras que resultan del ejercicio o la puesta en práctica de dicho dominio o supremacía sobre otros.” El libro de Apocalipsis nos muestra la verdadera condición de los laodicenses, que se asemeja en gran medida a la que indica Rojas Marcos. El laodicense afirma ser rico, disfrutar del fruto de su trabajo o su propio valor y, tener una autoestima alta, pero de un carácter narcisista que le lleva a sentirse superior a los demás (Apocalipsis 3:17). El creyente basa la aceptación de sí mismo en su condición de hijo de Dios, y en la alegría de poder hacer el bien a otros como una finalidad importante de su vida nueva. El sentimiento de incapacidad o autodesdesprecio no es compatible con el cristianismo. Al contrario, el creyente debe basar su autoestima en una valoración equilibrada de su persona (Romanos 12:3), con la humildad que le haga ver sus virtudes y posibilidades y, al mismo tiempo, sus defectos y limitaciones.

10. HEDONISMO DE LARGA DURACIÓN

Las personas mentalmente sanas aspiran a conseguir la felicidad en el presente sin dejar de tener en cuenta el futuro. No obstante, son capaces de sacrificar el bienestar pasajero de un momento por un placer mayor en el futuro. Son hedonistas, es decir, buscan la felicidad y evitan el dolor, pero tienen asumido que es mejor pensar a la vez en el hoy y en el mañana, sin obsesionarse con las gratificaciones inmediatas. La Epístola a los Hebreos nos asegura lo mismo al señalar que los placeres temporales no son nada en comparación con la vida que el Señor nos promete (Hebreos 11:25). Como siempre, la capacidad de diferir un momento agradable o un regalo que se promete no se encuentra tan desarrollada en los niños. La motivación que los padres desean para sus hijos no ha de estar basada en premios o recompensas a largo plazo, pues el tiempo de los niños y adolescentes discurre más lentamente. Con ellos debemos negociar en plazos más breves. Se trata de un aprendizaje costoso, aunque ineludible. Sin embargo, Dios no niega a los creyentes la legitimidad de aspirar a la felicidad en esta vida. El Señor nos creó precisamente con ese objetivo y podemos comprobarlo a lo largo de toda la Escritura.

12. ANTIUTOPIA

Hemos de ser conscientes de que las utopías son inalcanzables. Nunca conseguiremos todo lo que queremos, ni podremos evitar todo el dolor. El afán perfeccionista puede tener aspectos positivos, pero es poco sensato esforzarse de forma desmedida por alcanzar el placer, felicidad y perfección totales. Estamos expuestos a múltiples influencias y nuestro equilibrio físico y mental depende de factores que no siempre podemos manipular. En todo caso, no deberíamos conformarnos con llevar una vida mediocre o excesivamente acomodada. Desde el principio y través de toda la Escritura se nos anima a cuidar y guardar la tierra, a trabajar por dejar el mundo mejor que lo encontramos, a colaborar para que nuestra sociedad sea más justa y tolerante. Sabemos que la utopía no se encuentra aquí, pero los creyentes cristianos son la sal de la tierra y las cosas del mundo no les dejan indiferentes.

José Antonio M. Moreno, profesor de Psicología y Pedagogía