“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora……tiempo de callar y tiempo de hablar”.

(Eclesiastés 3: 1,7) Somos tan estúpidos que creemos que tan sólo podemos comunicarnos adecuadamente a través del lenguaje. Hablamos, explicamos, disertamos, razonamos… Obligamos a nuestros hijos a soportar nuestros discursos y sermones suponiendo que así les enseñamos lecciones importantes y les educamos en los valores esenciales. Es cierto que, de todas las capacidades del ser humano, quizá sea el habla la más enigmática e interesante. Nacemos equipados para analizar las pautas sonoras del lenguaje. Venimos adaptados para incorporarnos a las rutinas del intercambio social. Nuestra naturaleza nos impele a hablar para establecer vínculos y para informar a nuestros semejantes de las ideas y estados de ánimo que tenemos.

La palabra es un don extraordinario. Hay palabras sabias, justas, benéficas, palabras que encajan perfectamente en el lugar y situación adecuados. Con ellas podemos compartir sentimientos e ilusiones, podemos desahogarnos, liberarnos de los temores que nos torturan y aíslan, descargarnos de las angustias que nos perturban. También sirven para infundir esperanza y aliviar sufrimientos. Pero, en muchas ocasiones, las palabras son el mejor modo de ocultar una verdad, el disfraz idóneo para tergiversar precisamente la lección que deseamos transmitir. Al hablar con nuestros hijos intentamos enseñar y transferir principios que nos parecen buenos. No cabe duda de que todos los padres usan la palabra para enseñar y corregir a sus hijos, para disciplinarlos, orientarlos, hacerles reflexionar…. No obstante, a menudo nuestros hijos quedan desbordados por un exceso de explicaciones. Ya no necesitan oír más. Porque, a veces, la palabra sobra, impide que una lección se fije en su mente.

Rechazamos los silencios porque nos parecen incómodos e inútiles o porque se nos antojan negativos y contrarios a la enseñanza. Pero nuestros hijos no necesitan tantas palabras. Ya nos han oído. Necesitan menos de nuestras explicaciones y más de nuestros silencios. El silencio organiza el discurso, estructura las ideas, permite la comunicación, ayuda a reflexionar. Si ya hemos agotado nuestras fuerzas explicando las razones de las conductas que deseamos ver en ellos, probemos a callar y darnos una tregua. Permitamos que desarrollen su autonomía y confiemos algo más en su propia iniciativa. Todos hemos de aprender a descubrir las claves que aclaran los problemas y descifran los enigmas. Resulta inútil dar una solución sin conocer cómo se justifica.

Encontrar respuestas educativas es siempre una tarea personal e intransferible. No vale para nada que nos las descubran. Tenemos que hallarlas nosotros mismos. Nuestros hijos no necesitan conocer la respuesta correcta. Necesitan descubrirla. Para ello, nosotros debemos callar y escuchar más.
A menudo comprendemos mal a nuestros hijos porque les hablamos pero no los escuchamos. Interpretamos apresuradamente sus palabras o su comportamiento, pero no permitimos que nos expliquen sus razones, cómo se sienten o a qué necesidad responde su conducta. Si queremos que nuestros hijos aprendan y encuentren lo que nos parece valioso, habremos de concederles un tiempo, un tiempo que nos obliga a nosotros a mantenernos en silencio. El silencio se convierte en requisito indispensable para la escucha. Por otra parte, la capacidad de escuchar se aprende y se desarrolla.

Nunca nos excederemos escuchando. Al hacerlo encontraremos soluciones, comprenderemos de verdad a nuestros hijos y les comunicaremos el cariño y la atención que buscan.

José Antonio M. Moreno, profesor de Psicología y Pedagogía