El ser humano mantiene una relación muy importante con el tiempo. De hecho, cuando nace, no posee sino un pequeño cuerpo y un tiempo por delante. Este último será precisamente el factor que posibilitará su proyecto de existencia. Sin tiempo no hay nada. Puede haber decisiones, ilusiones, deseos… pero todo quedará en la nebulosa de un sueño que no tomará realidad. El ser humano evidencia serios problemas a la hora de gestionar de una forma inteligente este factor fundamental.

Algunas veces, nos cuesta no “perder el tiempo”; otras, no “luchar” contra él, intentando hacer más de lo racionalmente posible y provocando el estrés. En otras ocasiones, es difícil no invertirlo mal, aunque ello nos proporcione muy malos dividendos. Pero en el área afectiva aún resulta más grave no mantener una relación adecuada con este trascendente elemento. Podemos, por ejemplo, dar mucha importancia a nuestra familia, pero si no le dedicamos tiempo, todo quedará en el vacío. Los sentimientos, la afectividad, los recuerdos, el vínculo se construyen con un tiempo necesario. Pero no sólo eso, cuando iniciamos una relación amorosa, es muy importante respetar “los tiempos”, el tiempo de amistad, el tiempo suficiente de noviazgo… El texto bíblico, en palabras del sabio Salomón, nos dice que “todo tiene su tiempo” (Ecl.3). Podríamos igualmente decir que “todo requiere su tiempo”. Y, en esa misma línea, será también fundamental tener en cuenta el tiempo en que se inicia esa relación.

Todos necesitamos un periodo de maduración suficiente para abordar la construcción de un proyecto con otra persona. En ocasiones se ve, cada vez con mayor frecuencia, que se inician relaciones a muy temprana edad, sin que exista la madurez necesaria y enfrentando serias dificultades para que pueda existir una verdadera proyección de pareja. Por otra parte, puede observarse con alguna frecuencia que, habiendo fracasado una relación de noviazgo, la persona inicia un nuevo proyecto de pareja sin que haya transcurrido el tiempo suficiente para no moverse y decidir desde esa situación de carencia emocional-afectiva, lo cual entraña serios peligros.

Pero deseo concluir estas pocas líneas aludiendo al que considero el mayor error que se puede cometer en relación con este factor, y que tiene una gran influencia en nuestra vida personal y familiar: el tiempo, exiguo y limitado, que dedicamos a la reflexión, a nuestra espiritualidad, a nuestra relación con Dios. Creo que sólo por esa vía es posible ordenar “nuestros tiempos”, lo cual es aún más importante, incluso, que el orden que alcancemos en el plano espacial, en el plano de los objetos. Porque ordenar nuestro tiempo es ordenar la misma esencia de nuestra vida.

Antonio Martínez Carrión